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Cine de Ciencia

Superhéroes y Ciencia: Einstein y Marilyn

por | 3 de diciembre de 2006

Alguna que otra leyenda se cuenta sobre la rubia y devorahombres estrella de cine, Marilyn Monroe, y el científico mujeriego, Albert Einstein. Y alguna que otra más, sobre la relación entre el cuerpo y la mente. O la bella y la bestia, como el cuento.

Lo más probable, seguro se diría, es que sean apócrifas. Pero, lo cierto es que, por ahí andan, como prueba, una más, de la enorme popularidad de este hombre. Que, al fin y al cabo, sólo fue un científico.

¿Leyenda o realidad?
Una de estas leyendas cuenta que, en cierta ocasión, coincidieron la Monroe y el genio. Al parecer, la actriz se dirigió a Einstein y le propuso jocosamente: “¡No opina, profesor, que deberíamos tener un hijo juntos; así el niño tendría mi apariencia y su inteligencia!”. Esperable pregunta monroniana. A lo que, el sorprendido físico, respondió: “Lo que me preocupa, querida señorita, es que la experiencia salga al revés”. Lógica respuesta einsteniana. De la leyenda, no sé que decir, poco creíble quizás. Pero como anécdota, bien.

Mas, siempre hay un pero, lo bueno de esto es que existen indicios que podrían corroborar cierta relación entre ambos ídolos. Veamos. De un lado, la Monroe, mujer de abundosas medidas, no sólo mostró su pública predilección por hombres mayores que ella, sino que, en privado, llegó a decir que su idea de hombre sexy era, sí, ¡Albert Einstein! Ya ven.

Del otro lado, el del físico, los testimonios de sus más allegados revelan con claridad el tipo de mujeres que le atraían y así, J. Plesh, su médico y amigo dijo: “En la elección de sus amantes no hacía grandes distinciones, pero se sentía más atraído por una rotunda hija de la naturaleza que por una sutil mujer de sociedad”. Coherente con la hipótesis meriliana. Claro que también dijo: “A Einstein le chiflaban las mujeres y cuanto más vulgares, sudorosas y malolientes eran, mejor”. Sin comentario.

Otrosí, existe una prueba documental de la relación. Al fallecer la actriz, entre sus pertenencias, se encontró una foto del sabio con la siguiente dedicatoria: “A Marilyn, con mi respeto, amor y agradecimiento, Albert Einstein”. Vaya, vaya ¿Agradecido? Interesante. Tal vez, demasiado explícita.

Leyenda sobre sus inteligencias
Con cierta periodicidad, y como Ave Fénix, renacen noticias acerca de los coeficientes intelectuales de Einstein y Marilyn, con ventaja, qué cosas, para ella. La última, de 2006 creo recordar, relacionada con un programa de televisión. Poco que decir. Estupidez televisiva. No consta en ningún documento, oficial u oficioso, que el genio realizara uno alguna vez. Posteriores estimaciones sugieren que podría estar en el intervalo comprendido entre 160 y 180. Quien sabe.

El genio se manifestó en una ocasión, al respecto de los coeficientes: “Los test de inteligencia no son fiables, 30 junio 1953”. Aunque, por otro lado: ¿qué significado tiene su valor?, ¿qué es la inteligencia? (“Sólo conozco dos cosas que son infinitas: el Universo y la estupidez humana. De la primera no estoy seguro”).

Escrito por Carlos Roque Sánchez([email protected])

 

Superhéroes y Ciencia: Mi nombre es Bond, James Bond

por | 26 de noviembre de 2006

Héroe cinematográfico

Desde que vi su primera película, “Agente 007 contra el Dr. No”, es mi héroe favorito en el cine. No me faltan motivos. Disfruto con las proezas de este agente cínico y seductor, aunque haya cambiado de cara ya en seis ocasiones. Siempre son certeros sus tiros con armas de fuego, incluida la vieja Beretta 25 automática con la que realiza su disparo más famoso; el de los títulos de créditos que aparece en todas sus películas. Sus “gadgets”, esos prodigios de creatividad que el inolvidable Q, auténtico profesor Franz de Copenhague anglosajón, inventa y fabrica para él, son espectaculares.

También, cómo no, su magnífico gusto por las mujeres (“Oh, James”); sus cualidades personales (individualista, hábil en el juego, fuerte, políglota, frío); sus refinamientos varios (cigarrillos Morlands, sastrería de Saville Row, caviar beluga, etc); su saber estar en todo momento y lugar; sus vehículos (desde el Aston Martín al Audi, pasando por BMW y Lotus); sus frases: “Dígame señorita Trench (Ursula Andress), ¿practica usted otros deportes? Y por supuesto su famosa melodía (tin tararan tan tantantan tin). Fantástica.

Un último alegato. Es sorprendente que la saga bondiana perdure aún. Ha logrado sobrevivir a la caída del muro de Berlín, las modas cinematográficas, el envejecimiento de sus actores, la irrupción de nuevos espías. A prácticamente todo. Nada ha podido con este agente con licencia para matar, que tiene muy claro quién es el malo de la película, y lo que debe hacer con él. Un malhechor que sólo desea poder y dinero, y que no necesita de filiación política ni religiosa. Para qué. Y eso, el agente 007, lo sabe a pesar del tiempo pasado. Y es que 44 años, para usted, no son nada señor Bond.

Casino Royale
Es el título de la última entrega cinematográfica, a pesar de estar basada en la primera novela (1953) que se escribió de la saga. Problemas con los derechos de autor han impedido, en todos estos años, filmarla. Bueno, en realidad, la novela ya fue llevada a la pantalla en 1967. Eso sí, en una versión no oficial. Se tituló Casino Royale es demasiado para un solo Bond. Una delirante versión en clave de parodia. Recomendable.

La que se acaba de estrenar es totalmente diferente. Es Bond en estado puro. Trasladada a los tiempos actuales, nos cuenta los orígenes del personaje. De cómo James se convierte en un doble cero, 007. Todo un reto si tenemos en cuenta los tiempos que corren y cómo está el mundo. Con unos malvados que no siempre se distinguen de los buenos y que, además, ya no desean poseer el mundo. Se conforman con un 11 S, los muy malditos. Ya no hay pillos como los de antes.

Del actor encargado de interpretarlo dicen que es demasiado. Demasiado bajo, demasiado tosco, demasiado rubio, demasiado corpulento, demasiado lo que sea. Ya me contarán si van a verla. Yo, por supuesto que iré al estreno con mi familia, como he hecho con las anteriores. Y la volveremos a ver en casa como a las otras. Es que es mi (nuestro) héroe, qué quieren. James Bond, un personaje que pertenece a esa lista de gente famosa que nunca existió y que, sin embargo, vive. Qué cosa.

Un último detalle, ¿por qué pide el martini de vodka sin aceituna, agitado no revuelto?

Escrito por Carlos Roque Sánchez([email protected])

 

Superhéroes y Ciencia: ¿Quién mató a John Wayne? (II)

por | 12 de noviembre de 2006

Otros, en cambio, argumentaron algo mucho más tenebroso y horrible. Y que, por desgracia, contaba con más visos de ser realidad. A unos 200 kilómetros del lugar de rodaje hay un páramo, que formó parte del Terreno de Pruebas de Nevada (NTS). Allí el gobierno efectuó numerosos ensayos con armas nucleares de fusión, entre 1951 y 1992. Se trataría, entonces, de unas muertes por contaminación radiactiva nuclear.

La hipótesis nuclear

Las primeras pruebas nucleares tuvieron lugar en el desierto de Nuevo México y comenzaron en julio de 1945, con la detonación de la bomba Trinity. Formaba parte del Proyecto Manhattan que, dirigido por el físico R. H. Oppenheimer, culminó con los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Con ellos se puso fin a la Segunda Guerra Mundial.

Con posterioridad, el sitio escogido para las pruebas nucleares fue el NTS de Nevada. El primer ensayo tuvo lugar en enero de 1951 y se llamó Operation Ranger. Consistió en el lanzamiento desde bombarderos, de 5 bombas nucleares de fisión o atómicas (Bomba A). Su finalidad, probarlas como detonante para una mucho más potente y destructiva: la bomba nuclear de fusión o termonuclear (Bomba H), creada bajo la dirección del físico E. Teller.

En los tres años y medio previos al comienzo del rodaje de nuestro film, el ejército estadounidense hizo detonar 31 bombas nucleares en el NTS, lo que supuso, en conjunto, una potencia de 468,4 kilotones. El desconocimiento que en aquella época se tenía de los efectos de la radiación -tanto a medio como a largo plazo, sobre los seres humanos- hizo cometer auténticas temeridades que, hoy día, claro, no tienen lugar. Por ejemplo, en la primera prueba a la que fue invitada la prensa, los periodistas observaron la explosión desde sólo 11 km de distancia. Un auténtico despropósito. Pero lo peor del asunto es que vieron cómo las tropas hacían maniobras debajo del hongo nuclear. Una homicida locura colectiva. Pocos días después, un grupo de infantes de marina fue enviado a hacer maniobras muy cerca del sitio de la explosión. Subidos a sus camiones se acercaron, hasta que los intolerables niveles de radiación los obligaron a regresar. No se tienen datos sobre su posterior estado de salud. Se supone lo peor.

Fallout

Es el término con el que, el Departamento de Medio Ambiente Estadounidense, designa al fenómeno consistente en el transporte de partículas radiactivas a grandes distancias de su lugar de origen, sólo posibles por fuertes vientos de gran altitud, y su posterior caída y depósito sobre un terreno cualquiera. En el desierto del NTS, donde tuvieron lugar las pruebas nucleares, se da este tipo de viento, y su dirección es oeste-este. Justo la que lleva hasta ¡el desierto de Escalante, donde se rodó!

De modo que su arena estaba contaminada con el polvo radiactivo de Nevada, de ahí el llamativo resplandor rojo del que hablaban. Era la misma arena radiactiva con la que estuvieron en contacto todos los miembros del rodaje de la desgraciada película. La más que probable causa de la masiva proliferación cancerígena. Ningún misterio, por tanto, en la desgracia ¿Quién mató a John Wayne? (“El mundo no está amenazado por las malas personas, sino por aquellos que permiten la maldad”, A. Einstein)

Escrito por Carlos Roque Sánchez([email protected])

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Superhéroes y Ciencia: ¿Quién mató a John Wayne? (I)

por | 5 de noviembre de 2006

A causa de un cáncer de pulmón que se le había detectado en 1963, el famoso actor estadounidense fallecía en la madrugada del 11 de Junio de 1979. Como reflejo de su vida, en su tumba del Pacific View Memorial Park de Newport, reza el siguiente epitafio en castellano: “Feo, fuerte y formal”.

Aunque por desgracia, y dado lo frecuente de la enfermedad, esta muerte entre dentro de nuestra humana normalidad, en este caso había un detalle que, en principio, la hacía sorprendente y sobrecogedora, más que nada por lo trágica.

En un periodo de tiempo relativamente corto también fallecieron 81 personas, de las 220 que habían participado en la película El conquistador de Mongolia (The Conqueror), protagonizada por John Wayne y rodada 25 años antes. Demasiadas, para ser sólo azar ¿Leyenda negra? ¿Maldición cinematográfica? ¿Qué se sabe con certeza? Como solía decir el actor: “Habla bajo, habla despacio y no hables mucho”. Pues eso.

De rodaje en Utah

El rodaje de la película, que duró tres meses, comenzó en junio de 1954. Aunque estaba presupuestado que se rodara en los lugares históricos reales, debido a la entonces existente Guerra Fría, fue del todo imposible viajar a Mongolia. Así que se optó por filmar en Utah. Era la opción natural: el desierto de Escalante y el Snow Canyon eran muy parecidos al terreno y la vegetación de Mongolia. Hasta los indios “chivwit” del desierto se parecían al tipo étnico de los habitantes nativos. De hecho fueron contratados para que interpretaran a las hordas mongolas.

Una vez finalizado el rodaje, en octubre, unos operarios debieron volver al desierto para excavar y transportar, a los estudios de Hollywood, unas 60 toneladas de arena. Se tenían que rodar nuevas secuencias de exteriores y no había presupuesto para volver al desierto. Así que se optó por rodar en estudios. Con la iluminación adecuada y el empleo de potentes ventiladores industriales, capaces de levantar decenas de metros cúbicos de arena del suelo, se podían rodar escenas como si fueran exteriores reales. Algo normal en el séptimo arte. Lo que no lo era, es el resplandor rojizo con el que la arena brillaba en la oscuridad de la noche. Un fenómeno curioso al que nadie prestó atención, ni dio importancia alguna. Un grave error, como el tiempo se encargó de demostrar.


Comienza la pesadilla

The Conqueror fue estrenada en 1956 y resultó ser un fracaso absoluto de público y críticos. La recaudación en taquilla fue miserable y la crítica aplastante. Un negocio ruinoso para su productor, el magnate Howard Hughes, que no volvió a producir ninguna otra película. No obstante, esto no fue lo peor. Lo más terrible estaba por llegar. De las 220 personas que estuvieron en el desierto o pisaron los estudios cinematográficos decorados con su arena, 91 contrajeron cáncer en los siguientes 30 años. Y de ellos 46 murieron antes de 1980. Según la revista People, 150 de las 220 personas habían desarrollado ya un cáncer para 1984 ¿Cómo se podía explicar este horror?

Dejando de lado cualquier estulticia crédula -ligada al fraudulento mundo de lo esotérico y paranormal, más propia de beocios panfletarios como Cuarto Milenio o En tierra de nadie-, algunos investigadores atribuyeron esta mortal epidemia al habitual consumo de tabaco de la época. Una hipótesis factible si no fuera porque, la incidencia de cáncer en el equipo de rodaje resultó ser cuatro veces superior a la media de la población. Demasiado elevada para ser la posible causa mortal (Continuará).

Escrito por Carlos Roque Sánchez([email protected])

 

Superhéroes y Ciencia: ¿Séptimo arte?

por | 21 de octubre de 2006

Si bien en la Antigüedad las artes estaban simbolizadas por las nueves musas de las Artes y las Ciencias, en su Enciclopedia, el filósofo D. Diderot, sólo llega a mencionar cuatro: arquitectura, escultura, pintura y grabado. Una clasificación que modificó poco después el filósofo alemán G. Hegel, y que es la que existe en la actualidad, a saber: arquitectura, escultura, pintura, música, danza y poesía. Nada más. Ésta es la lista oficial. Sólo seis, ni una más. Pero todos sabemos que al cine se le denomina “séptimo arte” ¿Cómo se explica esta paradoja?

Canudo y el cine

La citada expresión apareció por primera vez en 1911, en el Manifiesto de las siete artes de R. Canudo, un pionero en el campo de la crítica y de la teoría cinematográfica que anticipó la llegada del sonido y el color a la pantalla. Entre, y a pesar de, los recelos intelectuales e intelectualoides de la época, Canudo, reconoció en el cine un arte. Aún inmaduro para la teoría, un arte neonato, pero un arte. Para él, las artes fundamentales eran sólo la arquitectura y la música. De modo que la pintura y la escultura complementaban a la primera, la poesía era el esfuerzo de la palabra y la danza lo era de la carne, para convertirse en música. Muy imaginativo y sugerente. Y por supuesto el cine era, pues, la culminación de los otros seis artes. El séptimo arte. Casi nada. Un puesto que, ya lo habrán captado, ni es oficial, ni está reconocido, pero que ahí está. Total que más da, es sólo cine (“¿El cine es un arte? ¡Y eso qué puede importar!”. J. Renoir).

Octavo, noveno y décimo arte

Después de esto, era de esperar lo que iba a ocurrir. Pronto llegaron nuevos autoinvitados a la lista artistera. Empezó la televisión, que pasa por ser el octavo arte, sin que nadie haya reivindicado ese honor. Sencillamente un día apareció escrito en algún lado. Y hasta hoy. Todo el mundo lo ha aceptado, aunque nadie lo propuso. Estas cosas pasan. Por contra, el tebeo, que ocupa la novena posición, sí tiene autoría. Bien dicho, doble autoría: R. Goscinny, uno de los padres de Asterix, y F. Lacassin. Lógico, claro. Lo del décimo arte está más complicado, verán. Tal honor se lo disputan en la actualidad, y de forma muy reñida, tres aspirantes: los creadores de videojuegos, los artistas digitales y los amantes del aeromodelismo. Un problema de sensibilidad artística. Estas cosas pasan también.

Escrito por Carlos Roque Sánchez([email protected])

 

Superhéroes y Ciencia: Einstein y Charlot

por | 30 de septiembre de 2006

Einstein y Charlot se conocieron en 1931, a bordo del barco que los llevaba a los EE.UU. Cuando Charles Chaplin estrenó su película Luces de la ciudad, el matrimonio Einstein fueron sus invitados de honor. Tuvo lugar en la noche del 30 de enero de 1931, en el nuevo y fastuoso teatro Los Ángeles de Broadway. En este film, Chaplin introdujo por primera vez el sonido, el mismo que, paradojas de la vida, tanto había combatido al principio.

El estreno fue todo un acontecimiento con gran repercusión social. La gente aguardaba la llegada de las estrellas desde las tres de la tarde. Se colapsó el tráfico, hubo rotura de escaparates, … Tal fue la multitud que se agolpó en las proximidades del teatro, que tuvieron que acudir escuadrones de la policía a caballo. Incluso estuvieron a punto de usar gases lacrimógenos para controlarla. Según los ecos de sociedad, en el estreno, al que acudieron las más rutilantes estrellas de Hollywood, el matrimonio Einstein recibió una de las ovaciones más prolongadas al entrar en el auditorio. Estrella entre estrellas.

(Charlot y Einstein)

Fue mientras llegaban al estreno, con la muchedumbre agolpada junto al coche que apenas podía avanzar, cuando el físico un poco desconcertado le preguntó al cómico: “¿Qué significa esto?”, a lo que, éste, contestó con un rictus de amargura: “Nada”. Vanitas vanitatis cinematográfica escarmentada. Por el contrario Einstein, en su sencillez, nunca comprendió la atracción que ejercía sobre la gente. En 1944 manifestaba algo perplejo: “¿Cómo es que nadie me entiende, pero le gusto a todo el mundo?”. De los años treinta es también la anécdota según la cual, Einstein, elogió a Charlot diciéndole:
– Lo que he admirado siempre de usted es que su arte es universal; todo el mundo le comprende y le admira.
A lo que el actor replicó:
– Lo suyo es mucho más merecedor de respeto; todo el mundo le admira y prácticamente nadie le comprende.
La réplica no debió caer en saco roto. Años más tarde Einstein afirmaba durante una entrevista: “No has entendido realmente algo, hasta que no eres capaz de explicárselo a tu abuela”.

Expediente Einstein

No es un hecho muy conocido que el FBI vigiló al científico, llegando a abrirle un dossier de casi dos mil páginas. En lo sociopolítico, no corrían buenos tiempos en los EEUU. La campaña anticomunista del senador J. McCarthy se encontraba en su punto más álgido. Pero a Einstein no parecía importarle, y hablaba valientemente contra semejante amenaza a la libertad intelectual. Precaución. La situación era delicada para él. No en vano se manifestaba como un ferviente pacifista, un socialista convencido y un crítico del racismo. Preocupado por la libertad de pensamiento y de expresión, escribió el siguiente aforismo: “En el reino de los buscadores de la verdad no hay ninguna autoridad humana. Quien intenta erigirse en magistrado provoca la risa de los dioses”. Filosófico, lúdico y poético.

Sin razón, el gobierno le creía vinculado al espionaje soviético. Sólo la fama mundial que tenía, y su prestigio como científico, mantenía a raya a la inquisición mccarthiana. Pero el pánico rojo, que inundó los EEUU a comienzos de los cincuenta, llegó a ser casi una histeria colectiva. Einstein no debía ser tan despreocupado. Caución. En el Expediente Einstein, alrededor de 1953, aparece la relación del físico con Charlie Chaplin, otro subversivo, peligroso, comunista y antipatriota según el FBI. Los calificaba de “grandes amigos” e instigadores por parte del espionaje soviético. En fin.

Escrito por Carlos Roque Sánchez([email protected])

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Superhéroes y Ciencia: Barrabás

por | 9 de septiembre de 2006

A nadie escapa lo que de delicada tiene la relación ciencia-religión. Dos malos compañeros de viaje si viajan juntos, ya que son inmiscibles como el agua y el aceite. Justo donde acaba uno empieza la otra.
Les cuento esto porque el dúo ciencia-creencia lo podríamos convertir, en este caso, en trío gracias a la magia del cine. Me explico.

La cinta que detuvo al Sol

Sólo una vez en la historia del cine se ha filmado un eclipse real como parte de una escena de una película. El eclipse total de Sol filmado fue el del quince de febrero de 1961 y se pudo observar en Europa. La película fue producida por Dino De Laurentiis, dirigida por Richard Fleischer y estrenada en octubre de 1962, su título “Barrabás”.


La decisión de filmar un eclipse real para la escena de la crucifixión, fue tomada sólo 48 horas antes de que ocurriera el fenómeno. Entre actores y técnicos se movilizaron ochenta personas hasta Roccastrada, a ciento veinte kilometros al norte de Roma. A pesar de los muchos problemas que el director de fotografía, Aldo Tonti, planteó que tendría la grabación, de Laurentis insistió. No le importó que no se hubiera hecho antes, y que se desconociera la reacción que podrían tener los actores. Ni que se trabajara literalmente a oscuras, sin conocer los tiempos de exposición, las velocidades del filme, la escala de imágenes y la luz de fondo más apropiados. Por no nombrar que la escena sería única: si un actor se equivocaba no se podría decir “corten” y repetir. De Laurentis dio prueba una vez más de su fidelidad a una idea : “la acción debe ser lo más real posible”. No es raro que la película se ganara el título no oficial de “la cinta que detuvo al Sol”.

Silencio se rueda

Utilizaron tres cámaras. Una con teleobjetivo para filmar el fenómeno, otra para los acercamientos a la cruz y la figura de Jesucristo, y una tercera, la maestra, para la escena de las cruces y el eclipse en el fondo. El propio Tonti cuenta sus angustias: “Eran las 7:30 a.m. faltaban seis minutos para la totalidad del eclipse, y aún no había podido medir la intensidad de la luz, con el Sol de frente. No tenía ni idea de lo que sucedería. Estaba preocupado”.

“Faltando dos minutos noté que la cámara maestra registraba halos y refracciones ópticas, así que me dirigí hacia Fleischer y le informé que la movería. No dijo nada; simplemente estaba paralizado. Fue el instinto. Moví la cámara para que el eclipse diera exactamente en el centro de la lente, lo que eliminó las refracciones y esperé”. Como confesó con posterioridad uno de los operadores: “ha sido mi más bella escena en 30 años de carrera.”

Escrito por Carlos Roque Sánchez([email protected])

 

Superhéroes y Ciencia: Viaje a la Luna

por | 18 de agosto de 2006


Con esta noticia damos entrada a una nueva sección de noticias sobre Ciencia y Cine de la mano de croque, espero que os guste y que podamos seguir contando con la colaboración de su autor, os dejo con la noticia.

Se trata de la primera película de ciencia-ficción conocida en la historia del cine y en su versión original, apenas, dura trece minutos. Tiene ya más de un siglo y su frescura, ingenio, brillantez e, incluso, humor se mantienen intactos. Todo un clásico.

Realizada en una época en la que las películas sólo trataban momentos cotidianos de la vida, y no duraban más de dos minutos, con ella George Méliès aborda un género, por entonces, muy popular en la literatura, pero inédito en el cine, la ciencia-ficción. De hecho, la película está basada en las novelas de dos famosos escritores coetáneos: De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna, de Julio Verne, y Los primeros hombres en la Luna, de H. G. Wells. Méliès está reconocido como el creador de ese género cinematográfico. Verne, Wells y Méliès, un trío de ases visionarios.

Silencio se rueda

En esta película Méliès, que fue el primero en introducir efectos especiales en el cine, emplea todo el repertorio de técnicas inventadas, diseñadas y perfeccionadas por él: las apariciones, desapariciones y mutaciones de un objeto o persona, la superposición de dos imágenes distintas, los ralentíes, la disolución de una imagen en otra para simular el paso del tiempo, la metamorfosis en fondo negro, los desnudos, etc.

El cine no existiría tal como hoy lo conocemos, si no fuera por Méliès. Le debe todo: su lenguaje, su técnica, su constante narrativa, todo. Fue la imaginación de este hombre la que salvó al cine de acabar como un invento más, entre tantos de aquella época. Hizo realidad los sueños de las personas, al mostrárselos en imágenes sobre una pantalla. Con él y su avanzada forma de hacer cine, por fin, la fantasía podía volar a través de la técnica. No en vano, Charles Chaplin lo llamó “el alquimista de la luz”.

El rodaje de la famosa escena de la nave, en forma de bala, incrustada en el ojo derecho de la Luna tiene su historia. El efecto se consiguió filmando primero la cara disgustada de una cantante, Bleinette Bernon, pintada de blanco y cubierta en parte por una luna de yeso; después, sobre el mismo trozo de cinta se filmó el impacto del proyectil contra una luna de yeso, sobre fondo negro. El resultado físico fue que, en la cinta, ambas imágenes se fundieron en una sola, la que vemos en la escena. Una escena que está considerada como el primer gran icono cinematográfico.

Lo que no todos saben es que Méliès filmó otra versión de la escena para la película. En ella, el proyectil, en lugar de estrellarse con un ojo, caía directamente en la boca de la Luna. No se sabe porqué la desechó.

La otra cara de la Luna

Méliès escribió, dirigió, filmó, produjo, coloreó y protagonizó (hace de profesor Barbenfouillis) el filme, para el que no escatimó en medios: construyó lujosos decorados con cartón y terracota; adquirió complejas maquinarias para los efectos especiales; diseñó y realizó un costoso vestuario para los selenitas, cuyas cabezas y pies fueron moldeadas en arcilla y papel maché; contrató a acróbatas, niñas y cantantes del music hall; etc. Una locura de gastos que dispararía el coste de la película a 10 000 francos, una suma grande para la época, cinematográficamente hablando.

Pero también en esto, Méliès, se nos muestra como un adelantado de su época. Y lo hace en dos terrenos. Empresarial. Los beneficios de exhibición superaron con creces a los costes de producción, comenzaba la industria del cine. Artística. Los actores de teatro, que eran renuentes a actuar en el cine por considerarlo un arte menor, vieron que en las películas se ganaba dinero, mucho dinero. Vamos, más del doble y por mucho menos de la mitad de trabajo. Comenzaba un nuevo arte interpretativo. Si lo sabrán los actores de hoy en día.

La película se estrenó el 1 de septiembre de 1902, en el Méliès Théâtre Robert Houdin de París, con una extraordinario acogida entre el público francés. Un éxito que pronto pasó al resto de Europa, llegando a los EEUU en octubre. Era la primera película que obtenía una distribución internacional tan amplia y rápida; también lo fue en tener problemas de plagios y copias ilegales. Ya entonces existían los piratas. El mismo Thomas A. Edison se hizo con una copia pirata, con no recuerdo que excusa. Se lo dije, fue el primero en todo, por eso, el cine le debe todo.

Vamos al cine

En la película, el Profesor Barbeniouillis explica al Congreso Científico del Club Astronómico un plan para explorar la Luna. Un grupo de astrónomos llegarán a ella, en una gran bala espacial que es impulsada por un gigantesco cañón. El proyecto es aprobado y la nave volará a través del espacio, aterrizando justo en el ojo del Hombre en la Luna. Los exploradores salen y observan la apariencia de la Tierra desde la Luna. Comienza una tormenta de nieve, y descienden por… Lo siento, hasta aquí les puedo contar. Ya saben que, bajo ningún concepto, se debe contar una película.

Les dejo con el corto. Disfrútenlo y admírense, sólo lo separan 103 años de La guerra de los mundos de S. Spielberg, basada en una novela homónima de H. G. Wells. Tempus fugit.

Escrito por Carlos Roque Sánchez([email protected])

 

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