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Superhéroes y Ciencia

Superhéroes y Ciencia: Agitado, no revuelto (I)

por | 11 de febrero de 2007

Junto con la inicial e iniciática escena cinematográfica de la mirilla telescópica, aquella en la que pide su martini (agitado, no revuelto) constituye ya todo un clásico bondiano. La primera, en la que un cañón de pistola sigue a un elegante señor de mediana edad que camina sobre un fondo blanco y que, en un repentino escorzo gira y dispara, necesita de poca explicación. La sangre resbala sobre la pantalla y todos sabemos que va a comenzar la acción. La otra, la del combinado alcohólico, quizás necesite de algún apunte científico e incluso sociológico. Vamos pues.

El primer hombre martini

Así, con minúscula de combinado. No con mayúscula de marca. Conviene no confundir. Es lo primero que hay que decir acerca de la bebida de nuestro héroe. Lo que él toma es un martini, es decir, un combinado. Mientras que Martini es una marca de vermouth -un vino reposado en hierbas, especie de kina- como también lo es Cinzano, y otras más, y a lo que mucha gente llama, equivocadamente, un martini.

Ya metido en faenas aclaratorias, decirles que hay muchas clases de martinis: dry, gibson, Manhattan, fashion, etc. El de Bond es seco, no lleva ginebra sino vodka y lo toma sin aceituna; es un vodka martini o vodkatini (vodka, vermouth). Ah, se me olvidaba, el vermouth ha de ser de la selecta marca Lillet.

Como bien se sabe, la escena en la que el agente secreto pide su famoso combinado, se repite en todas las películas de la serie. Por eso es el primer “hombre martini”. El irónico 007 suele salpicar los diálogos de esta escena, con auténticas perlas lingüísticas. Veamos tres. En Nunca Digas Nunca Jamás (1983), un maduro Sean Connery con bisoñé acaba de ser salpicado por la sexy y mortal Barbara Carrera. Imperturbable el agente le espeta: “Pero mi Martini aún está seco”. Y aprovecha para iniciar un flirteo: “ Mi nombre es James”.

Una frase que le suele dar un excelente resultado donjuanesco, salvo en Vive y deja morir (1973) donde encuentra la mejor réplica hasta el momento: “Los nombres son para las lápidas, Mister Bond”. Aplastancia lapidaria, se llama. Creo que es en Otro día para morir donde, al servirle una azafata el consabido martini en plena turbulencia aérea, él le dice: “Por suerte me gusta agitado”. Agitado pero no revuelto ¿Por qué?

Royal Society of London

Nada menos que la más antigua sociedad científica del Reino Unido, y una de las más antiguas de Europa (fue fundada en 1660) decidió, hace unos años, investigar las diferencias entre ambas formas de preparación martinera. La “Royal” es una honorable y prestigiosa institución científica a la que han pertenecido científicos de la talla de R. Boyle, T. Willis, R. Hooke, I. Newton, H. Davy, T. H. Huxley, William Thomson, A. Huxley, W. Crookes, J. J. Thomson, E. Rutherford, y un largo etcétera. Por lo que su dictamen entre agitado y revuelto, tiene un peso intelectual que no se puede dejar de lado.

¿Por qué lo prefería agitado, el más famoso agente al servicio de Su Graciosa Majestad? ¿Cambia acaso su composición? ¿Tiene un sabor diferente preparado así? ¿Existe alguna explicación científica? (Continuará).

Escrito por Carlos Roque Sánchez croque@supercable.es

 

Superhéroes y Ciencia: Soy marxista, tendencia Groucho

por | 15 de enero de 2007

Estaba escrita en el muro de Berlín. Era una, entre otras muchas, de las frases que cayeron y desaparecieron con el derribado muro. Pero, a mi entender, ésta, tenía algo de especial. Se me hace que era un bello y magnífico homenaje a un cómico. Alguien de quien en 2007 se cumplen treinta años de su muerte, y que fue mucho más que un cómico.
Julius Henry Marx, “Groucho” Marx. Treinta años sin sonrisa inteligente. Y si fuera sólo eso. Pero no. También sin mucho más.

Sin los pensamientos, del más cínico e insolente de los filósofos. De muestra estos botones:
“A quién va a creer, a mí o a sus propios ojos”.
“No permitiré injusticias ni juego sucio, pero, si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión, lo pondremos contra la pared… ¡Y daremos la orden de disparar!”.
“Estos son mis principios. Pero, si no le gustan, tengo otros”.
“El secreto de la vida es la honestidad y el juego limpio… si puedes simular eso, lo has conseguido”.

Sin el acoso, del más irreverente de los seductores. En la película “Una noche en Casablanca”, cuando le declara apasionadamente a una de las protagonistas, que es la mujer más hermosa del mundo, y ella le pregunta si es cierto, Groucho replica: “No, pero no me importa mentir si con ello saco algo”. En otra ocasión, también espetó: “No piense mal de mí, señorita. Mi interés por usted es puramente sexual”.

Sin el sonido incansable, del charlatán más verborréico. Entre sus perlas dialécticas:
“La parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte …”.
“Bueno, el arte es el arte, ¿ no es así? También, por otra parte, el agua es el agua Y el Este es el Este y el Oeste el Oeste, y si tomas arándanos y los conviertes en compota como la de manzanas, saben más parecido a las ciruelas que al ruibarbo. Ahora, uh… Ahora dime lo que sabes”.
“No puedo decir que no estoy en desacuerdo contigo”.

Sin el falso bigotudo, más famoso del mundo. Julius copió de otro comediante el llevar un puro como apoyo de sus escenas y dijo, que fue por casualidad, como ideó su hilarante caminar. “Durante una representación, sentí ganas de divertirme y empecé a andar de una manera rara. La conservé porque al público le gustó”.
Luego vinieron la levita, el enorme bigote pintado, las gafas y su nombre de guerra, Groucho. Un apodo puesto por Art Fisher, porque, decía que, hablaba emitiendo gruñidos. En realidad, sin bigote, levita, gafas y andares Groucho no era reconocido por la gente. Entonces sólo era Julius Henry Marx, un ciudadano muy parecido a los demás.

Sin toda una estrella del teatro. Donde llegó a declarar: “No estoy seguro de cómo me convertí en comediante o actor cómico. Tal vez no lo sea. En cualquier caso me he ganado la vida muy bien durante una serie de años haciéndome pasar por uno de ellos”.
“He disfrutado mucho con esta obra de teatro… especialmente en el descanso”.

Sin la presencia, del más infiel de los amantes. En “Un día en las carreras”, película en la que se pasa yendo detrás de casi todas las mujeres que encuentra, se defiende ante su prometida diciendo: “¿Que por qué estaba con esa mujer? Porque me recuerda a ti. De hecho me recuerda a ti más que tú misma”.
De él es la archiconocida: “¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?”

Sin un ocurrente actor de radio y televisión. Con plena vigencia hoy día. Vean si no:
“Yo encuentro la televisión bastante educativa. Cuando alguien la enciende en casa, me marcho a otra habitación y leo un buen libro”.
Y toda una leyenda del cine que, consciente del papel de la mujer, nos suelta: “En esta industria, todos sabemos que detrás de un buen guionista hay siempre una gran mujer, y que detrás de ésta está su esposa”. O no.
Ya que, otro sí, espeta: “Nunca voy a ver películas donde el pecho del héroe es mayor que el de la heroína”.

Y todo esto sin olvidar su faceta como escritor. De su ostrario particular:
“Desde el momento en que cogí su libro hasta que lo solté no pude dejar de reír. Algún día pienso leerlo”.
“Leer mi biografía es tan estúpido como escribirla”.
“Fuera del perro, un libro es probablemente el mejor amigo del hombre. Y dentro del perro probablemente está demasiado oscuro para leer”.

Todo esto fue Groucho Marx, un genial cómico judío de principios del siglo pasado. Cuentan que, cuando le dijeron que en cierta piscina no admitían judíos comentó: “Mi hijo es medio judío, ¿puede meterse hasta las rodillas?”
Entre su humor y nosotros, la Segunda Guerra Mundial, el Once de Setiembre, nuestro Once nacional … Mucho sucedido como para que su fina e hiriente ironía fuera aceptada y tolerada hoy. Por eso, yo también, soy marxista, tendencia Groucho.

Escrito por Carlos Roque Sánchez croque@supercable.es

 

Superhéroes y Ciencia: Salto a la gloria (y III)

por | 30 de diciembre de 2006

Es conocida la relativa indiferencia -casi temerosa precaución, mejor- con la que Ramón y Cajal recibió, de madrugada, la noticia de la concesión del Premio Nobel de Fisiología y Medicina de 1906 (¡Silveria, es la hecatombe!).

Con ironía, años después, se referiría a él, como el flotador que se echa al náufrago cuando ya está llegando a la orilla. O sea que está claro lo que pensaba del asunto. Que a buena hora, mangas verdes. Una postura que contrasta, y mucho, con la de la sociedad de la época que vivió el acontecimiento.

Muy necesitada de iconos que le permitieran recuperar el orgullo patrio perdido, puso su nombre a los productos más dispares; entre ellos: Anís Cajal, Jabón Cajal Perfumado, Caramelos Don Santiago, Taberna El Microscopio. Es en este contexto donde tiene cabida la famosa y profética frase de Cajal: “Este país no tiene arreglo”.

Cajal y la NASA

Pero no todo ha sido así en el mundo. La NASA, en su programa Ciencias de la Vida, denominó “Década del cerebro” al periodo comprendido entre 1991 y 2000. Y para proceder a su clausura, dedicó a Cajal, al que reconoce como “Padre de la Moderna Neurociencia”, un completo laboratorio, el Neurolab, en el trasbordador espacial Columbia.

Despegó el 16 de Abril de 1998 de Cabo Cañaveral, llevando a bordo varios dibujos originales de Cajal y doce de sus preparaciones más representativas. Un merecido homenaje, con el que Cajal alcanza las estrellas y se proyecta en el futuro. Sin duda, el XXI será el siglo del cerebro y de sus ciencias. Esperemos que lejos de los errores y olvidos, de la ignorancia y de la ingratitud, tan próximos siempre. (Las ideas no duran mucho, hay que hacer algo con ellas).

Serendipia cinematográfica

Hace unos meses la Filmoteca valenciana compró, a distintos particulares, unos rollos de películas de los años veinte, de las que desconocía sus contenidos. Al ser visionadas, una de ellas resultó ser especialmente importante. Su contenido trataba sobre la cultura, la educación y la investigación científica en la España de la época y en ella aparecen personalidades como Benito Pérez Galdós, Ramón Menéndez Pidal, Américo Castro, Dámaso Alonso, Juan Negrín, el físico Enrique Moles y el escultor Victorio Macho, entre otros. Muy interesante.

Todo un documento gráfico de la época del que se especula pudo haber sido distribuido, en principio, por escuelas y centros de formación y, después, ocultado por motivos ideológicos. También, por algunos de los rótulos que aparecen en ella, que podía formar parte de una serie. Quien sabe. Queda mucho por investigar, por lo que conviene ser prudente.

Como todo el material de la época, está grabado en un soporte de nitrato que, como es bien sabido, resulta ser muy frágil. Se trata de un compuesto altamente combustible y muy sensible a los cambios de temperatura. Por ello, su descubrimiento ha sido vital. Muy oportuno. (El hombre es un ser social cuya inteligencia exige para excitarse el rumor de la colmena).

Imágenes de Ramón y Cajal

Pero la película, además, es muy sorprendente. Durante seis minutos de la película aparece el mismo Ramón y Cajal. Son las únicas imágenes que se conservan en movimiento del Nobel. Distintas escenas en las que, primero, se observa al científico sentado en un banco leyendo una revista de la Residencia de Estudiantes. Después, y según reza un rótulo, el Premio Nobel “paternalmente” y con “gracejo” charla con sus discípulos. En las últimas tomas se puede contemplar al científico mirando por su microscopio y analizando las neuronas, que el propio documental define como “los hilos telegráficos de la conciencia”. También se muestra una escultura en su honor, realizada por Victorio Macho. Todo un retrato del genio-actor. Un verdadero superhéroe.

Puede ampliar esta lectura en pág 3 y 6 del periódico Montequinto del Nuevo Siglo, Primera Quincena de Diciembre. http://www.sevillametropolitana.com/publicos/principal.php?periodico=1

Escrito por Carlos Roque Sánchez (croque@supercable.es)

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Superhéroes y Ciencia: Salto a la gloria (II)

por | 17 de diciembre de 2006

Pero he aquí que nuestro superhéroe obliga a Kölliker (Antonio Alfonso Vidal) a mirar por el microscopio, y éste queda impresionado por las imágenes de las neuronas y sus sinapsis. Aquí se produce el punto de inflexión para la ciencia española. El gran pope germano-suizo de la histología, interesado por el trabajo del humilde español. Lo nunca visto.

Sorprendido le pregunta todos los detalles de la investigación: tiempo empleado, número de investigadores dedicados a esta labor, recursos económicos invertidos, etc. La respuesta de Cajal le deja atónito. Lo ha hecho solo, durante diez años y, todo, lo ha pagado de su bolsillo. Aquí, en este momento, es cuando se produjo el auténtico Salto a la Gloria. (La gloria, en verdad, no es otra cosa que un olvido aplazado).

La forja de un genio
Para asistir al mencionado congreso berlinés, Cajal, tuvo que ser animado, casi obligado se diría, por su esposa, familiares y alumnos. No quería ir. Se escudaba en mil pretextos: su falta de retórica, el escaso nivel de su investigación, su poca capacidad expositiva, etc. Algunos lo llaman modestia.

Pero el caso es que fue. Es la parte buena de la cosa. La mala, que su modestia no fue el único escollo que tuvo que superar. Una vez en Berlín, los desagravios se sucedieron unos tras otros. Casi no le dejaron entrar al congreso; le tocó intervenir al final de una interminable jornada, lo que tampoco pudo ser ya que la pospusieron por un concierto. Y cuando, por fin, realizó su exposición, los colegas le ignoraron: uno se puso a jugar a las casitas, otro a mirar por la ventana, otro al reloj, etc. Sorprendente aunque lógico.

No eran más que, previsibles consecuencias para una España ignorada por el resto del mundo. Una España inmersa en un aislamiento internacional, del que no acababa de salir. Una España con un, en este caso, justificado complejo de inferioridad en todos los órdenes, políticos, científicos y tecnológicos. Pero, y esto es lo bueno que tiene la ciencia, las pruebas estaban allí. Y ellas son los únicos jueces. (Nos desdeñamos u odiamos porque no nos comprendemos. Porque no nos tomamos el trabajo de estudiarnos).

Ciencia, Cine y Fotografía
En las preparaciones cajalianas se podían ver, de manera inequívoca, cómo las neuronas son elementos celulares individuales (Teoría Neuronal). Que contactan unos con otros, sí, pero que no se unen formando una red continua (Teoría Reticular), tal y como se pensaba. Una maraña, difícil de desentrañar. Por eso, el mundo científico se rindió al científico español. El único que encontró la clave, al descubrir el “hueco” donde se cocina el pensamiento. Es justo reseñar aquí el importante papel que jugó el método de coloración a base de sales de plata (Ag), utilizado por Cajal pero inventado por el científico italiano C. Golgi, con quien compartió el Premio Nobel de Fisiología y Medicina de 1906.

Por último, reseñar un acierto cinematográfico. En la película, para cambiar de escena en el tiempo, se utiliza como recurso la fotografía. No sólo es muy adecuado porque, con ella, se ensamblan acontecimientos de la vida de Cajal, cargados de fuertes contrastes, y consiguiendo así una interesante agilidad narrativa. Sino porque el genio era un gran aficionado a la fotografía, y si él hubiese visto la película, a buen seguro que habría sido un detalle de su agrado. (Continuará)

Puede ampliar esta lectura en pág 3 y 6 del periódico Montequinto del Nuevo Siglo, Primera Quincena de Diciembre. http://www.sevillametropolitana.com/publicos/principal.php?periodico=1

Escrito por Carlos Roque Sánchez (croque@supercable.es)

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Superhéroes y Ciencia: Salto a la gloria (I)

por | 10 de diciembre de 2006

Es el título de la película biográfica con la que, supuestamente, se homenajeó al eminente histólogo y Premio Nobel de Fisiología y Medicina de 1906, Santiago Ramón y Cajal. Un film más sobre un superhéroe sólo que, en este caso, éste es real y español. Medicina y Cine. Arte y Ciencia. Humanidades.


Dirigida por León Klimowsky y realizada en 1959, se presentó en el Festival de Cine de San Sebastián, donde ganó el premio a la mejor película española. Se estrenó, comercialmente, el 11 de febrero de 1960 en el cine Capitol de Madrid. (Al carro de la cultura española le falta la rueda de la Ciencia). Su protagonista, Adolfo Marsillach, recibió el Premio Zulueta como mejor actor. La excelente interpretación y el extraordinario parecido físico con Cajal le marcaron. Años más tarde volvería a interpretar al mismo personaje, en la serie Ramón y Cajal (1980), dirigida por José María Forqué y producida por la televisión pública española (TVE).

Cine y Política
El rodaje, llevado a cabo entre enero y abril de 1959, no se vio exento de dificultades. No eran pocas las diferencias existentes entre los puntos de vista de los guionistas cinematográficos y los censores ministeriales, encargados de su autorización. Éstos pensaban que, el guión, no se adaptaba, exactamente, a las expectativas propagandísticas que el régimen franquista tenía del género biográfico. Por lo que eran más de la opinión de engrandecer la figura del personaje biografiado, aun sacrificando la verdad histórica. Ya se sabe que la historia la escriben los vencedores. Al final llegaron a un acuerdo.

No obstante, a la película, le negaron la calificación de “Interés Nacional”, por lo que no recibió las importantes subvenciones que tal categoría implicaba. Este tipo de censura cinematográfica, en este caso del régimen franquista, sigue vigente en nuestro cine actual, sólo que ahora lleva otro nombre. Vista hoy, se la puede considerar una buena película, máxime teniendo en cuenta los medios empleados y el momento histórico en que se rodó. A nadie extrañará que la figura de Don Santiago se utilizara con fines propagandísticos, tanto para el consumo interno como para la exportación. O que la enumeración de sus méritos personales, en la entrega del premio Nobel, pareciera más bien la narración de las grandezas de España. En fin. Hoy como ayer. (Lo peor no es cometer un error, sino tratar de justificarlo, en vez de aprovecharlo como aviso de nuestra ligereza o ignorancia).

Ciencia y Cine
Por comentar algo de la película, escogeré una escena que es lugar común en estos casos. El archiconocido enfrentamiento académico, de 1889, con el eminente histólogo R. A. von Kölliker, en el Congreso de Anatomía de Berlín. Allí fue invitado Cajal, para exponer sus muestras microscópicas de la estructura del sistema nervioso central. Aquellas en las que mostraba que tal sistema no está formado por una red celular continua, como sostenían la gran mayoría de científicos de la época, Teoría Reticular, sino por unidades celulares independientes, Teoría Neuronal.

Una idea que se consideraba descabellada y que todos ridiculizaban. Bueno, casi todos. Ramón y Cajal supo ver en el tejido nervioso cosas que otros no lograban ver. Y además interpretar lo que veía, de una manera que los demás no entendían. Es lo que tienen los genios. (He aquí una evidencia que también es una norma). (Continuará)

Puede ampliar esta lectura en pág 3 y 6 del periódico Montequinto del Nuevo Siglo, Primera Quincena de Diciembre. http://www.sevillametropolitana.com/publicos/principal.php?periodico=1

Escrito por Carlos Roque Sánchez(croque@supercable.es)

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Superhéroes y Ciencia: Einstein y Marilyn

por | 3 de diciembre de 2006

Alguna que otra leyenda se cuenta sobre la rubia y devorahombres estrella de cine, Marilyn Monroe, y el científico mujeriego, Albert Einstein. Y alguna que otra más, sobre la relación entre el cuerpo y la mente. O la bella y la bestia, como el cuento.

Lo más probable, seguro se diría, es que sean apócrifas. Pero, lo cierto es que, por ahí andan, como prueba, una más, de la enorme popularidad de este hombre. Que, al fin y al cabo, sólo fue un científico.

¿Leyenda o realidad?
Una de estas leyendas cuenta que, en cierta ocasión, coincidieron la Monroe y el genio. Al parecer, la actriz se dirigió a Einstein y le propuso jocosamente: “¡No opina, profesor, que deberíamos tener un hijo juntos; así el niño tendría mi apariencia y su inteligencia!”. Esperable pregunta monroniana. A lo que, el sorprendido físico, respondió: “Lo que me preocupa, querida señorita, es que la experiencia salga al revés”. Lógica respuesta einsteniana. De la leyenda, no sé que decir, poco creíble quizás. Pero como anécdota, bien.

Mas, siempre hay un pero, lo bueno de esto es que existen indicios que podrían corroborar cierta relación entre ambos ídolos. Veamos. De un lado, la Monroe, mujer de abundosas medidas, no sólo mostró su pública predilección por hombres mayores que ella, sino que, en privado, llegó a decir que su idea de hombre sexy era, sí, ¡Albert Einstein! Ya ven.

Del otro lado, el del físico, los testimonios de sus más allegados revelan con claridad el tipo de mujeres que le atraían y así, J. Plesh, su médico y amigo dijo: “En la elección de sus amantes no hacía grandes distinciones, pero se sentía más atraído por una rotunda hija de la naturaleza que por una sutil mujer de sociedad”. Coherente con la hipótesis meriliana. Claro que también dijo: “A Einstein le chiflaban las mujeres y cuanto más vulgares, sudorosas y malolientes eran, mejor”. Sin comentario.

Otrosí, existe una prueba documental de la relación. Al fallecer la actriz, entre sus pertenencias, se encontró una foto del sabio con la siguiente dedicatoria: “A Marilyn, con mi respeto, amor y agradecimiento, Albert Einstein”. Vaya, vaya ¿Agradecido? Interesante. Tal vez, demasiado explícita.

Leyenda sobre sus inteligencias
Con cierta periodicidad, y como Ave Fénix, renacen noticias acerca de los coeficientes intelectuales de Einstein y Marilyn, con ventaja, qué cosas, para ella. La última, de 2006 creo recordar, relacionada con un programa de televisión. Poco que decir. Estupidez televisiva. No consta en ningún documento, oficial u oficioso, que el genio realizara uno alguna vez. Posteriores estimaciones sugieren que podría estar en el intervalo comprendido entre 160 y 180. Quien sabe.

El genio se manifestó en una ocasión, al respecto de los coeficientes: “Los test de inteligencia no son fiables, 30 junio 1953”. Aunque, por otro lado: ¿qué significado tiene su valor?, ¿qué es la inteligencia? (“Sólo conozco dos cosas que son infinitas: el Universo y la estupidez humana. De la primera no estoy seguro”).

Escrito por Carlos Roque Sánchez(croque@supercable.es)

 

Superhéroes y Ciencia: Mi nombre es Bond, James Bond

por | 26 de noviembre de 2006

Héroe cinematográfico

Desde que vi su primera película, “Agente 007 contra el Dr. No”, es mi héroe favorito en el cine. No me faltan motivos. Disfruto con las proezas de este agente cínico y seductor, aunque haya cambiado de cara ya en seis ocasiones. Siempre son certeros sus tiros con armas de fuego, incluida la vieja Beretta 25 automática con la que realiza su disparo más famoso; el de los títulos de créditos que aparece en todas sus películas. Sus “gadgets”, esos prodigios de creatividad que el inolvidable Q, auténtico profesor Franz de Copenhague anglosajón, inventa y fabrica para él, son espectaculares.

También, cómo no, su magnífico gusto por las mujeres (“Oh, James”); sus cualidades personales (individualista, hábil en el juego, fuerte, políglota, frío); sus refinamientos varios (cigarrillos Morlands, sastrería de Saville Row, caviar beluga, etc); su saber estar en todo momento y lugar; sus vehículos (desde el Aston Martín al Audi, pasando por BMW y Lotus); sus frases: “Dígame señorita Trench (Ursula Andress), ¿practica usted otros deportes? Y por supuesto su famosa melodía (tin tararan tan tantantan tin). Fantástica.

Un último alegato. Es sorprendente que la saga bondiana perdure aún. Ha logrado sobrevivir a la caída del muro de Berlín, las modas cinematográficas, el envejecimiento de sus actores, la irrupción de nuevos espías. A prácticamente todo. Nada ha podido con este agente con licencia para matar, que tiene muy claro quién es el malo de la película, y lo que debe hacer con él. Un malhechor que sólo desea poder y dinero, y que no necesita de filiación política ni religiosa. Para qué. Y eso, el agente 007, lo sabe a pesar del tiempo pasado. Y es que 44 años, para usted, no son nada señor Bond.

Casino Royale
Es el título de la última entrega cinematográfica, a pesar de estar basada en la primera novela (1953) que se escribió de la saga. Problemas con los derechos de autor han impedido, en todos estos años, filmarla. Bueno, en realidad, la novela ya fue llevada a la pantalla en 1967. Eso sí, en una versión no oficial. Se tituló Casino Royale es demasiado para un solo Bond. Una delirante versión en clave de parodia. Recomendable.

La que se acaba de estrenar es totalmente diferente. Es Bond en estado puro. Trasladada a los tiempos actuales, nos cuenta los orígenes del personaje. De cómo James se convierte en un doble cero, 007. Todo un reto si tenemos en cuenta los tiempos que corren y cómo está el mundo. Con unos malvados que no siempre se distinguen de los buenos y que, además, ya no desean poseer el mundo. Se conforman con un 11 S, los muy malditos. Ya no hay pillos como los de antes.

Del actor encargado de interpretarlo dicen que es demasiado. Demasiado bajo, demasiado tosco, demasiado rubio, demasiado corpulento, demasiado lo que sea. Ya me contarán si van a verla. Yo, por supuesto que iré al estreno con mi familia, como he hecho con las anteriores. Y la volveremos a ver en casa como a las otras. Es que es mi (nuestro) héroe, qué quieren. James Bond, un personaje que pertenece a esa lista de gente famosa que nunca existió y que, sin embargo, vive. Qué cosa.

Un último detalle, ¿por qué pide el martini de vodka sin aceituna, agitado no revuelto?

Escrito por Carlos Roque Sánchez(croque@supercable.es)

 

Superhéroes y Ciencia: Superman (6)

por | 18 de noviembre de 2006

De la kriptonita del cómic

Se trata de un material ficticio, que representa el talón de Aquiles de nuestro superhéroe. Desde el principio, sus “padres literarios” tuvieron claro que los poderes no podían ser ilimitados. Si no, qué iban a hacer los malhechores frente a él. Nada. No habría uno que le durara más de dos viñetas, menos una aventura y, menos aún, una saga aventurera de casi cincuenta años ya. Por eso se inventaron la kriptonita.

Lo que no llegaron a tener claro es si, desde el punto de vista científico, se trata de un mineral, un compuesto químico o una sustancia simple (que no son lo mismo, aunque parezcan igual). O, al menos, si lo tuvieron claro, no se han dignado aclararlo en todo este tiempo. Por lo que lo desconocemos. Lo que sí sabemos es que procede de la explosión del planeta Kryptón y que tiene unas peligrosas propiedades radiactivas. Son sus radiaciones, precisamente, lo único a lo que Superman es vulnerable, pudiendo incluso llegar a matarlo, si el tiempo de exposición era lo suficientemente largo. Precaución.

Conviene resaltar que esta radiactividad, en contra del parecer general, no es selectiva. No afecta sólo al superhéroe. Todos los kriptonianos y, también, los terrícolas sufren sus perjudiciales efectos. Lex Luthor perdió su mano (la derecha, creo recordar) por los efectos de la radiactividad que generaba un anillo que llevaba puesto, qué paradoja, para mantener alejado a Superman. Bueno, poco más que decir de ella, salvo que he contabilizado hasta diez (10) tipos de kriptonitas diferentes, por su color y efectos. Desde la verde, la más común, hasta la carmesí, pasando por la roja, la lenta, la dorada, la sinética, la azul, la plateada, etc.

Al kriptón científicoÉste sí es un material real. Se trata de una sustancia simple química de fórmula Kr (g). Un gas incoloro, inodoro e insípido, de bajo poder radiactivo y que se encuentra en nuestra atmósfera en un muy bajo porcentaje, donde fue descubierto en 1898. Su nombre proviene del griego kryptós (oculto), dado lo difícil que resultó su identificación en la atmósfera, por su rareza.

También se encontró como uno de los productos de las reacciones de fisión nuclear del uranio, U (s), que se realizaron a partir de los años treinta del siglo pasado, en plena Era Nuclear (véase CyC: “¿Quién mató a John Wayne, I y II”). Este redescubrimiento científico de la sustancia, junto a su exótico nombre, pudo ser la causa de que los creadores del superhéroe se fijaran en él, para dar nombre al planeta de KalEl y a su radiactivo material.

Pero en realidad, y a efectos prácticos, la sustancia kriptón es un gas inerte que tiene múltiples y beneficiosas aplicaciones: está en el interior de nuestras lámparas fluorescentes; forma parte de los sistemas de iluminación de los aeropuertos, por su elevado alcance; se emplea en las lámparas incandescentes de los proyectores de cine; el láser de Kr se usa en medicina para cirugía de la retina del ojo, etc. Como ven, nada que ver con la maldita kriptonita. De la realidad a la fantasía. (Continuará)

Escrito por Carlos Roque Sánchez(croque@supercable.es)
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Superhéroes y Ciencia: ¿Quién mató a John Wayne? (II)

por | 12 de noviembre de 2006

Otros, en cambio, argumentaron algo mucho más tenebroso y horrible. Y que, por desgracia, contaba con más visos de ser realidad. A unos 200 kilómetros del lugar de rodaje hay un páramo, que formó parte del Terreno de Pruebas de Nevada (NTS). Allí el gobierno efectuó numerosos ensayos con armas nucleares de fusión, entre 1951 y 1992. Se trataría, entonces, de unas muertes por contaminación radiactiva nuclear.

La hipótesis nuclear

Las primeras pruebas nucleares tuvieron lugar en el desierto de Nuevo México y comenzaron en julio de 1945, con la detonación de la bomba Trinity. Formaba parte del Proyecto Manhattan que, dirigido por el físico R. H. Oppenheimer, culminó con los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Con ellos se puso fin a la Segunda Guerra Mundial.

Con posterioridad, el sitio escogido para las pruebas nucleares fue el NTS de Nevada. El primer ensayo tuvo lugar en enero de 1951 y se llamó Operation Ranger. Consistió en el lanzamiento desde bombarderos, de 5 bombas nucleares de fisión o atómicas (Bomba A). Su finalidad, probarlas como detonante para una mucho más potente y destructiva: la bomba nuclear de fusión o termonuclear (Bomba H), creada bajo la dirección del físico E. Teller.

En los tres años y medio previos al comienzo del rodaje de nuestro film, el ejército estadounidense hizo detonar 31 bombas nucleares en el NTS, lo que supuso, en conjunto, una potencia de 468,4 kilotones. El desconocimiento que en aquella época se tenía de los efectos de la radiación -tanto a medio como a largo plazo, sobre los seres humanos- hizo cometer auténticas temeridades que, hoy día, claro, no tienen lugar. Por ejemplo, en la primera prueba a la que fue invitada la prensa, los periodistas observaron la explosión desde sólo 11 km de distancia. Un auténtico despropósito. Pero lo peor del asunto es que vieron cómo las tropas hacían maniobras debajo del hongo nuclear. Una homicida locura colectiva. Pocos días después, un grupo de infantes de marina fue enviado a hacer maniobras muy cerca del sitio de la explosión. Subidos a sus camiones se acercaron, hasta que los intolerables niveles de radiación los obligaron a regresar. No se tienen datos sobre su posterior estado de salud. Se supone lo peor.

Fallout

Es el término con el que, el Departamento de Medio Ambiente Estadounidense, designa al fenómeno consistente en el transporte de partículas radiactivas a grandes distancias de su lugar de origen, sólo posibles por fuertes vientos de gran altitud, y su posterior caída y depósito sobre un terreno cualquiera. En el desierto del NTS, donde tuvieron lugar las pruebas nucleares, se da este tipo de viento, y su dirección es oeste-este. Justo la que lleva hasta ¡el desierto de Escalante, donde se rodó!

De modo que su arena estaba contaminada con el polvo radiactivo de Nevada, de ahí el llamativo resplandor rojo del que hablaban. Era la misma arena radiactiva con la que estuvieron en contacto todos los miembros del rodaje de la desgraciada película. La más que probable causa de la masiva proliferación cancerígena. Ningún misterio, por tanto, en la desgracia ¿Quién mató a John Wayne? (“El mundo no está amenazado por las malas personas, sino por aquellos que permiten la maldad”, A. Einstein)

Escrito por Carlos Roque Sánchez(croque@supercable.es)

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Superhéroes y Ciencia: ¿Quién mató a John Wayne? (I)

por | 5 de noviembre de 2006

A causa de un cáncer de pulmón que se le había detectado en 1963, el famoso actor estadounidense fallecía en la madrugada del 11 de Junio de 1979. Como reflejo de su vida, en su tumba del Pacific View Memorial Park de Newport, reza el siguiente epitafio en castellano: “Feo, fuerte y formal”.

Aunque por desgracia, y dado lo frecuente de la enfermedad, esta muerte entre dentro de nuestra humana normalidad, en este caso había un detalle que, en principio, la hacía sorprendente y sobrecogedora, más que nada por lo trágica.

En un periodo de tiempo relativamente corto también fallecieron 81 personas, de las 220 que habían participado en la película El conquistador de Mongolia (The Conqueror), protagonizada por John Wayne y rodada 25 años antes. Demasiadas, para ser sólo azar ¿Leyenda negra? ¿Maldición cinematográfica? ¿Qué se sabe con certeza? Como solía decir el actor: “Habla bajo, habla despacio y no hables mucho”. Pues eso.

De rodaje en Utah

El rodaje de la película, que duró tres meses, comenzó en junio de 1954. Aunque estaba presupuestado que se rodara en los lugares históricos reales, debido a la entonces existente Guerra Fría, fue del todo imposible viajar a Mongolia. Así que se optó por filmar en Utah. Era la opción natural: el desierto de Escalante y el Snow Canyon eran muy parecidos al terreno y la vegetación de Mongolia. Hasta los indios “chivwit” del desierto se parecían al tipo étnico de los habitantes nativos. De hecho fueron contratados para que interpretaran a las hordas mongolas.

Una vez finalizado el rodaje, en octubre, unos operarios debieron volver al desierto para excavar y transportar, a los estudios de Hollywood, unas 60 toneladas de arena. Se tenían que rodar nuevas secuencias de exteriores y no había presupuesto para volver al desierto. Así que se optó por rodar en estudios. Con la iluminación adecuada y el empleo de potentes ventiladores industriales, capaces de levantar decenas de metros cúbicos de arena del suelo, se podían rodar escenas como si fueran exteriores reales. Algo normal en el séptimo arte. Lo que no lo era, es el resplandor rojizo con el que la arena brillaba en la oscuridad de la noche. Un fenómeno curioso al que nadie prestó atención, ni dio importancia alguna. Un grave error, como el tiempo se encargó de demostrar.


Comienza la pesadilla

The Conqueror fue estrenada en 1956 y resultó ser un fracaso absoluto de público y críticos. La recaudación en taquilla fue miserable y la crítica aplastante. Un negocio ruinoso para su productor, el magnate Howard Hughes, que no volvió a producir ninguna otra película. No obstante, esto no fue lo peor. Lo más terrible estaba por llegar. De las 220 personas que estuvieron en el desierto o pisaron los estudios cinematográficos decorados con su arena, 91 contrajeron cáncer en los siguientes 30 años. Y de ellos 46 murieron antes de 1980. Según la revista People, 150 de las 220 personas habían desarrollado ya un cáncer para 1984 ¿Cómo se podía explicar este horror?

Dejando de lado cualquier estulticia crédula -ligada al fraudulento mundo de lo esotérico y paranormal, más propia de beocios panfletarios como Cuarto Milenio o En tierra de nadie-, algunos investigadores atribuyeron esta mortal epidemia al habitual consumo de tabaco de la época. Una hipótesis factible si no fuera porque, la incidencia de cáncer en el equipo de rodaje resultó ser cuatro veces superior a la media de la población. Demasiado elevada para ser la posible causa mortal (Continuará).

Escrito por Carlos Roque Sánchez(croque@supercable.es)