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Superhéroes y Ciencia

Superhéroes y Ciencia: Superman (5)

por | 29 de octubre de 2006

Más ciencia para Superman

A todos nos resultan familiares las impactantes escenas de astronautas moviéndose en la Luna o “flotando” ingrávidos en una estación espacial. A primera vista, la realidad de ambos fenómenos físicos parecen credibilidad científica, a la imaginaria existencia de los superhéroes y sus milagrosos prodigios sobrehumanos. No obstante, por desgracia, sólo lo parece. Lo cierto es que, la visión que tiene la ciencia es más bien escéptica, en lo que respecta al mundo de los superhéroes. No niega su posible existencia, pero sí la considera muy improbable. No en vano, son varios los principios, teorías y leyes científicas que violan con sus hazañas. Veamos.

Como en la Luna

Si nos fijamos en la primera de las escenas del principio observamos que, en ellas, los astronautas son capaces de dar saltos enormes sin impulso apenas, o de sostener objetos densos sin gran esfuerzo. Una prueba evidente de que la gravedad lunar es mucho menor que la terrestre (aproximadamente una sexta parte) y un aparente argumento científico a favor de Superman. Que sería como un astronauta en la Luna pero con más energía. No obstante, siendo cuidadoso en la observación, caemos en la cuenta de que los astronautas no andan sobre la Luna. No pueden hacerlo, dada la baja gravedad lunar. Por poco que levanten un pie para andar, este hecho se convierte en todo un pequeño salto. Así que avanzan a saltitos, que es como los vemos, brincando de un sitio a otro. Y que es como Superman debería moverse en la Tierra. Cosa que no hace, pues lo vemos caminar.

Sometido a la ingravidez

Respecto a la segunda escena, de todos es sabido que la ingravidez termina debilitando el cuerpo, dado que es necesario hacer sólo un mínimo esfuerzo para llevar a cabo cualquier actividad. Es esta falta de ejercicio la que hace que la masa muscular de los astronautas disminuya y que, éstos, vuelvan debilitados después de una salida espacial, como bien sabemos. Pues bien, si los efectos son apreciables en los seres humanos, al verse sometidos a unos valores de gravedad inferiores a los terrestres, en estas estancias que tan sólo duran unas semanas, qué debilitamiento no tendría que haber experimentado nuestro Superman, que lleva años fuera de Krypton. Tendría que haber perdido su masa muscular ya en la adolescencia y, por ende, con ella su superfuerza. Algo que, como en sus andares, tampoco pasa. Nada más que hay que ver su musculado cuerpo de adulto.

Como se puede ver, estudiado con un mínimo de rigor, la ciencia hace muy improbable no sólo la existencia de organismos vivos [cyc08: Superman (4)], tipo humanoide, en Kryptón, sino el valor de la fuerza supermánica que el cómic otorga a nuestro héroe en la Tierra. Ciencia y superhéroes no parecen compatibles. (Continuará)

Escrito por Carlos Roque Sánchez(croque@supercable.es)

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Superhéroes y Ciencia: ¿Séptimo arte?

por | 21 de octubre de 2006

Si bien en la Antigüedad las artes estaban simbolizadas por las nueves musas de las Artes y las Ciencias, en su Enciclopedia, el filósofo D. Diderot, sólo llega a mencionar cuatro: arquitectura, escultura, pintura y grabado. Una clasificación que modificó poco después el filósofo alemán G. Hegel, y que es la que existe en la actualidad, a saber: arquitectura, escultura, pintura, música, danza y poesía. Nada más. Ésta es la lista oficial. Sólo seis, ni una más. Pero todos sabemos que al cine se le denomina “séptimo arte” ¿Cómo se explica esta paradoja?

Canudo y el cine

La citada expresión apareció por primera vez en 1911, en el Manifiesto de las siete artes de R. Canudo, un pionero en el campo de la crítica y de la teoría cinematográfica que anticipó la llegada del sonido y el color a la pantalla. Entre, y a pesar de, los recelos intelectuales e intelectualoides de la época, Canudo, reconoció en el cine un arte. Aún inmaduro para la teoría, un arte neonato, pero un arte. Para él, las artes fundamentales eran sólo la arquitectura y la música. De modo que la pintura y la escultura complementaban a la primera, la poesía era el esfuerzo de la palabra y la danza lo era de la carne, para convertirse en música. Muy imaginativo y sugerente. Y por supuesto el cine era, pues, la culminación de los otros seis artes. El séptimo arte. Casi nada. Un puesto que, ya lo habrán captado, ni es oficial, ni está reconocido, pero que ahí está. Total que más da, es sólo cine (“¿El cine es un arte? ¡Y eso qué puede importar!”. J. Renoir).

Octavo, noveno y décimo arte

Después de esto, era de esperar lo que iba a ocurrir. Pronto llegaron nuevos autoinvitados a la lista artistera. Empezó la televisión, que pasa por ser el octavo arte, sin que nadie haya reivindicado ese honor. Sencillamente un día apareció escrito en algún lado. Y hasta hoy. Todo el mundo lo ha aceptado, aunque nadie lo propuso. Estas cosas pasan. Por contra, el tebeo, que ocupa la novena posición, sí tiene autoría. Bien dicho, doble autoría: R. Goscinny, uno de los padres de Asterix, y F. Lacassin. Lógico, claro. Lo del décimo arte está más complicado, verán. Tal honor se lo disputan en la actualidad, y de forma muy reñida, tres aspirantes: los creadores de videojuegos, los artistas digitales y los amantes del aeromodelismo. Un problema de sensibilidad artística. Estas cosas pasan también.

Escrito por Carlos Roque Sánchez(croque@supercable.es)

 

Superhéroes y Ciencia: Superman (4)

por | 12 de octubre de 2006

La superfuerza del héroe

Todos tenemos grabado en nuestra retina la escena del pequeño y sonriente Clark, sosteniendo con sus manos la camioneta y salvando la vida de su asombrado y asustado padre adoptivo. Sabemos, o creemos saber, cual es la razón de tan extraordinaria acción: la gravedad del planeta Kryptón. Unas 14 veces superior a la de la Tierra [cyc04: Superman(2)], lo que conferiría a Superman su fuerza sobrehumana. Todo parece estar claro desde el punto de vista científico, sin embargo, hay bastantes flecos escépticos que recoger. Por ejemplo.

El niño y el camión

Es cierto que, debido a esa diferencia de gravedad planetaria, la masa que el pequeño kryptoniano podría levantar sería, del orden de, unas 14 veces superior a la de cualquier niño terrestre. También lo es el hecho de que, dada la edad en la que transcurre la escena, aquella bien podría ser de unos 10 kg (se trata de un niño de 4 o 5 años). Ambas circunstancias juntas nos dan, para el infante Clark, una fuerza capaz de levantar, alrededor de, 140 kg de masa. Una superfuerza a considerar, sin duda, pero insuficiente para levantar a la vieja camioneta que debía pesar, a ojo de buen cubero, más de dos toneladas. Un grueso error de cálculo.

Por otro lado, para que un cuerpo pueda sostener a otro, ha de tener de masa corporal un porcentaje de la del cuerpo que sostiene. Considerando que éste fuera del 75% y dado que el camión tiene más de dos toneladas, a pesar de la ventaja gravitatoria debida al cambio de planeta, nos darían unos 105 kg de masa para un niño de 4 años. Demasiado gordo tal vez ¿Cómo aguantaba la sillita donde se sentaba? ¿Qué decir de la cuna? Y lo que es peor, ¿qué nefastas consecuencias se derivarían de tal masa corporal para sus, humanas no lo olvidemos, estructuras ósea y muscular e, incluso, órganos internos? Es improbable que lograra vivir con semejante sobrepeso y, mucho menos que, además, tuviera superpoderes. Muy improbable. Otro sí, retrocediendo en el tiempo, ¿cómo pudo sobrevivir el neonato Kal-el en su planeta natal, donde la gravedad era 14 veces superior y, por tanto, catorce veces más pesado? Imposible, no hay cuerpo que lo aguante.(Continuará)


 

Superhéroes y Ciencia: Einstein y Charlot

por | 30 de septiembre de 2006

Einstein y Charlot se conocieron en 1931, a bordo del barco que los llevaba a los EE.UU. Cuando Charles Chaplin estrenó su película Luces de la ciudad, el matrimonio Einstein fueron sus invitados de honor. Tuvo lugar en la noche del 30 de enero de 1931, en el nuevo y fastuoso teatro Los Ángeles de Broadway. En este film, Chaplin introdujo por primera vez el sonido, el mismo que, paradojas de la vida, tanto había combatido al principio.

El estreno fue todo un acontecimiento con gran repercusión social. La gente aguardaba la llegada de las estrellas desde las tres de la tarde. Se colapsó el tráfico, hubo rotura de escaparates, … Tal fue la multitud que se agolpó en las proximidades del teatro, que tuvieron que acudir escuadrones de la policía a caballo. Incluso estuvieron a punto de usar gases lacrimógenos para controlarla. Según los ecos de sociedad, en el estreno, al que acudieron las más rutilantes estrellas de Hollywood, el matrimonio Einstein recibió una de las ovaciones más prolongadas al entrar en el auditorio. Estrella entre estrellas.

(Charlot y Einstein)

Fue mientras llegaban al estreno, con la muchedumbre agolpada junto al coche que apenas podía avanzar, cuando el físico un poco desconcertado le preguntó al cómico: “¿Qué significa esto?”, a lo que, éste, contestó con un rictus de amargura: “Nada”. Vanitas vanitatis cinematográfica escarmentada. Por el contrario Einstein, en su sencillez, nunca comprendió la atracción que ejercía sobre la gente. En 1944 manifestaba algo perplejo: “¿Cómo es que nadie me entiende, pero le gusto a todo el mundo?”. De los años treinta es también la anécdota según la cual, Einstein, elogió a Charlot diciéndole:
– Lo que he admirado siempre de usted es que su arte es universal; todo el mundo le comprende y le admira.
A lo que el actor replicó:
– Lo suyo es mucho más merecedor de respeto; todo el mundo le admira y prácticamente nadie le comprende.
La réplica no debió caer en saco roto. Años más tarde Einstein afirmaba durante una entrevista: “No has entendido realmente algo, hasta que no eres capaz de explicárselo a tu abuela”.

Expediente Einstein

No es un hecho muy conocido que el FBI vigiló al científico, llegando a abrirle un dossier de casi dos mil páginas. En lo sociopolítico, no corrían buenos tiempos en los EEUU. La campaña anticomunista del senador J. McCarthy se encontraba en su punto más álgido. Pero a Einstein no parecía importarle, y hablaba valientemente contra semejante amenaza a la libertad intelectual. Precaución. La situación era delicada para él. No en vano se manifestaba como un ferviente pacifista, un socialista convencido y un crítico del racismo. Preocupado por la libertad de pensamiento y de expresión, escribió el siguiente aforismo: “En el reino de los buscadores de la verdad no hay ninguna autoridad humana. Quien intenta erigirse en magistrado provoca la risa de los dioses”. Filosófico, lúdico y poético.

Sin razón, el gobierno le creía vinculado al espionaje soviético. Sólo la fama mundial que tenía, y su prestigio como científico, mantenía a raya a la inquisición mccarthiana. Pero el pánico rojo, que inundó los EEUU a comienzos de los cincuenta, llegó a ser casi una histeria colectiva. Einstein no debía ser tan despreocupado. Caución. En el Expediente Einstein, alrededor de 1953, aparece la relación del físico con Charlie Chaplin, otro subversivo, peligroso, comunista y antipatriota según el FBI. Los calificaba de “grandes amigos” e instigadores por parte del espionaje soviético. En fin.

Escrito por Carlos Roque Sánchez(croque@supercable.es)

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Superhéroes y Ciencia: Superman (3)

por | 19 de septiembre de 2006

Rumbo a la Tierra

El propio Jor-El, padre de Superman, nos dice en el relato dónde se encuentra Kryptón y la astronómica distancia que tendrá que recorrer su hijo Kal-El, futuro Superman, hasta llegar a la Tierra. Y no está, precisamente, a la vuelta de la esquina, pues ha de atravesar, nada más y nada menos, que seis (6) galaxias. Si consideramos ciertos datos cosmológicos, como el tamaño de las galaxias y la distancia entre ellas; algunas consideraciones de física relativista, como el límite de la velocidad de la luz (unos 300 000 km/s), la dilatación del tiempo a velocidades cercanas a la misma y los años que parece tener Superman al llegar a la Tierra; y las últimas aportaciones termodinámicas sobre el supuesto mecanismo criogénico que debe llevar la nave, para congelar a su ocupante y sumergirlo en hibernación. Teniendo en cuenta todos estos considerandos, lo cierto es que se obtienen unos resultados más bien sorprendentes. Uno de ellos, la duración del viaje. No en vano Kryptón está a tres millones de años-luz de la Tierra, lo que hace que, para un observador externo a la nave, aquél sea de, prácticamente, unos 10 millones de años. Algo humanamente inabordable desde el punto de vista temporal y que plantea dos grandes interrogantes: ¿Cómo sabía Jor-El qué especie animal poblaría la Tierra cuando su hijo llegara, estando tan, tan lejos? ¿Cómo llegó Superman tan niño a la Tierra, después de estar tantos, tantos años viajando?

Rappeliana premonición

Todos sabemos que la luz proveniente del Sol tarda unos ocho minutos en llegar hasta nosotros, no es instantánea aunque sí lo más rápido que se conoce en el universo conocido. Es decir, que cuando el sabio científico Jor-El enfocó su telescopio hacia la Tierra, lo que pudo contemplar fue el aspecto que tenía el planeta tres millones de años atrás, que es lo que había tardado la luz en llegar hasta al telescopio. Y claro, por esos tiempos no existía, todavía, ninguna civilización humana, por la sencilla razón de que no existíamos los seres humanos como tal. Como mucho, unos primates terrestres de los que surgirían los homínidos y de entre éstos, al final, los Cromagnon que prevalecerían ante los Neanderthal. Un camino evolutivo entre millones posibles.

¿Cómo supo Jor-El la dirección que tomaría, algo tan aleatorio como, la evolución de las especies? No se sabe. Pero, desde mi punto de vista, hay una explicación. Más que una genialidad científica, lo que este buen hombre tuvo fue una premonición esotérica. Una visualización tipo Rappel que le puso en aviso sobre la supremacía humana (como los kryptonianos, qué suerte) en el planeta Tierra, para cuando su hijo arribara, precisamente, en Smallville, EEUU de América, allá por los años treinta. Qué puntería, oiga.

Deformación espacial o hiperespacio

En lo que respecta a una explicación científica del tema del transporte intergaláctico, como puede imaginar, tampoco faltan dificultades y problemas. Casi mejor tirar de algunas de esas Cosmogonías del Futuro elaboradas por la ciencia ficción. Es un asunto de complejidad casi insuperable, a menos que se encuentre algún truco pseudotecnocientífico para solventarlo. Hablo de buena ciencia ficción, muy lejos del patético e ikerizado Cuarto Milenio (tito tatin totin totin).

Y lo bueno es que existe un truco, uno además bueno. Una solución incorporada desde hace tiempo a las convenciones implícitas de la ciencia ficción, que es todo un clásico: el hiperespacio. Un tipo distinto de espacio en el que las naves pueden tomar una especie de atajo, para ir de un punto a otro del espacio normal, tardando por tanto menos. Un atajo que se produce porque este hiperespacio tiene más dimensiones, por lo que puede ser “doblado”. De modo que, dos puntos distantes en nuestro espacio tridimensional resultan ahora cercanos en éste por ser un espacio tetradimensional. Nos puede servir de modelo comprensivo para este atajo espacial del hiperespacio, el acercamiento que experimentan los vértices opuestos de un folio -separados por su diagonal cuando está extendido (espacio normal)- si los aproximamos, disminuyendo la distancia entre ellos (hiperespacio). (Continuará)

Escrito por Carlos Roque Sánchez(croque@supercable.es)

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Superhéroes y Ciencia: Barrabás

por | 9 de septiembre de 2006

A nadie escapa lo que de delicada tiene la relación ciencia-religión. Dos malos compañeros de viaje si viajan juntos, ya que son inmiscibles como el agua y el aceite. Justo donde acaba uno empieza la otra.
Les cuento esto porque el dúo ciencia-creencia lo podríamos convertir, en este caso, en trío gracias a la magia del cine. Me explico.

La cinta que detuvo al Sol

Sólo una vez en la historia del cine se ha filmado un eclipse real como parte de una escena de una película. El eclipse total de Sol filmado fue el del quince de febrero de 1961 y se pudo observar en Europa. La película fue producida por Dino De Laurentiis, dirigida por Richard Fleischer y estrenada en octubre de 1962, su título “Barrabás”.


La decisión de filmar un eclipse real para la escena de la crucifixión, fue tomada sólo 48 horas antes de que ocurriera el fenómeno. Entre actores y técnicos se movilizaron ochenta personas hasta Roccastrada, a ciento veinte kilometros al norte de Roma. A pesar de los muchos problemas que el director de fotografía, Aldo Tonti, planteó que tendría la grabación, de Laurentis insistió. No le importó que no se hubiera hecho antes, y que se desconociera la reacción que podrían tener los actores. Ni que se trabajara literalmente a oscuras, sin conocer los tiempos de exposición, las velocidades del filme, la escala de imágenes y la luz de fondo más apropiados. Por no nombrar que la escena sería única: si un actor se equivocaba no se podría decir “corten” y repetir. De Laurentis dio prueba una vez más de su fidelidad a una idea : “la acción debe ser lo más real posible”. No es raro que la película se ganara el título no oficial de “la cinta que detuvo al Sol”.

Silencio se rueda

Utilizaron tres cámaras. Una con teleobjetivo para filmar el fenómeno, otra para los acercamientos a la cruz y la figura de Jesucristo, y una tercera, la maestra, para la escena de las cruces y el eclipse en el fondo. El propio Tonti cuenta sus angustias: “Eran las 7:30 a.m. faltaban seis minutos para la totalidad del eclipse, y aún no había podido medir la intensidad de la luz, con el Sol de frente. No tenía ni idea de lo que sucedería. Estaba preocupado”.

“Faltando dos minutos noté que la cámara maestra registraba halos y refracciones ópticas, así que me dirigí hacia Fleischer y le informé que la movería. No dijo nada; simplemente estaba paralizado. Fue el instinto. Moví la cámara para que el eclipse diera exactamente en el centro de la lente, lo que eliminó las refracciones y esperé”. Como confesó con posterioridad uno de los operadores: “ha sido mi más bella escena en 30 años de carrera.”

Escrito por Carlos Roque Sánchez(croque@supercable.es)

 

Superhéroes y Ciencia: Superman (2)

por | 2 de septiembre de 2006

Los comienzos

Aunque el concepto de superhéroe empezó a gestarse en series realistas y pulp magazines estadounidenses a finales de los años 20, por tradición, se tiende a considerar a Superman como el primero y, probablemente, más conocido de todos los superhéroes.
Imaginado por Jerry Siegel y dibujado por Joe Shuster, a Superman se le vio por vez primera, surcar los cielos y capturar malhechores y criminales en 1938, en el nº 1 de Action Comic, una revista de Editorial D.C. Comic.
Debido a su espectacular éxito, pronto pasó a otros medios: radio, dibujos animados, serie de televisión, cine, musicales de Broadway. Todos servían para la mayor gloria del Hombre de Acero y su imperturbable rizo en la frente.

Como sabemos, el espaldarazo definitivo le vino de la mano de la versión cinematográfica de 1978, de título Superman, dirigida por Richard Donner, con guión de Mario Puzo y protagonizada por Christopher Reeve.

Su historia la conocemos todos. Natural del planeta Krypton, amenazado con su destrucción por una catástrofe cósmica-gravitatoria, es enviado por sus padres a la Tierra. A su llegada, el único sobreviviente kryptoniano es adoptado por una familia de granjeros, que le proporcionan su identidad terrestre.

Ya adulto marcha hacia Metrópolis, metáfora de Nueva York, donde se incorpora como periodista al Daily Planet. Pero …


¿Por qué estalló Krypton?

Al parecer, según cuentan, se trataba de un planeta con una gravedad mucho más intensa que la de la Tierra. Una característica que bien podría explicar su inestabilidad geológica y posterior explosión. Un fenómeno físico que, a la luz de los datos disponibles en el propio cómic, tendría justificación científica. Veamos.

De la supermánica capacidad para saltar enormes edificios, sin necesidad de tomar impulso, se puede deducir que Kryton pudo ser un planeta del tamaño de Júpiter, con una superficie en estado sólido y un campo gravitatorio del orden de unas catorce veces superior al terrestre,

g(K) = 14 g(T)

Es decir, de un cuerpo celeste que podría existir en alguna galaxia. No hay ninguna razón física para negarlo a priori. Quizás una estrella neutrón, con su núcleo extremadamente denso, podría ser su origen astronómico. Quien sabe.

De modo que, aceptada la fantasía, no hay motivos científicos para negar la explosión kryptoniana. Es lo que tiene la ciencia, que prefiere lo improbable a lo imposible. (Continuará)

Escrito por Carlos Roque Sánchez(croque@supercable.es)

 

Superhéroes y Ciencia: El meteorito de Bart

por | 28 de agosto de 2006

Se suele pensar de los meteoritos que son unos cuerpos celestes muy veloces e incandescentes. Una idea muy extendida pero, no por ello siempre cierta. En realidad se trata de un error. Uno de esos desatinos a los que, por desgracia, han contribuido, y en buena medida, las superproducciones cinematográficas de Hollywood. Como también lo es, el incorrecto uso que se hace en estos grandes filmes de ciertos términos astronómicos. Unas incorrecciones poco comprensibles si tenemos en cuenta los altos presupuestos económicos que se manejan en este tipo de películas y, las declaraciones de sus productores que afirman gozar de un perfecto asesoramiento científico. El caso es que hacen un flaco favor a la, ya de por sí precaria, cultura científica que goza nuestra sociedad. Se merecen un “Multiplícate por cero”, Bart dixit.

Por eso resulta muy sorprendente que, lo que no hace una superproducción cinematográfia, sí se haga en un episodio televisivo de la serie de dibujos animados Los Simpson. Me refiero a ese capítulo en el que, Bart, descubre un meteoro que puede colisionar con la Tierra y llama al observatorio de Springfield para confirmar su descubrimiento, dando sus coordenadas. No sólo se trata del procedimiento usual entre los aficionados, sino que emplea la jerga correcta para facilitar la posición del cuerpo celeste. Al principio, mientras el meteoro avanza por la atmósfera terrestre resistiéndose a su fricción, el pánico cunde entre la población. Después, al contactar con la densa polución de la ciudad y terminar desintegrándose en pequeños fragmentos, vuelve la calma. Uno de ellos cae, suavemente, al suelo, junto a Bart. El crío recoge el meteorito y lo guarda en su mochila. Está frío. Es perfecta y simpsonera divulgación científica. De hecho, en algunas revistas de astronomía pusieron este capítulo como modelo educativo a seguir. “La clase de ciencia no debe terminar en tragedia”, de nuevo Bart dixit.

Aunque en el capítulo no lo cuentan, conviene recordar que de las muchas rocas que viajan por el Sistema Solar, algunas son atraídas por el campo gravitatorio terrestre. Se las conocen como meteoroides. Si logran penetrar en nuestra atmósfera, debido a la fricción con el aire, se calientan y entonces decimos que son estrellas fugaces. De modo que una estrella fugaz, ni es una estrella, ni es un pequeño cometa. Si debido a ese alto calentamiento llegan a encenderse, se convierten en meteoros. Y si terminan impactando con el suelo, entonces, son meteoritos, de los que algunos pueden llegar suavemente y sin arder. Como el de Bart.

Escrito por Carlos Roque Sánchez(croque@supercable.es)

 

[Superhéroes y Ciencia] Superman (1)

por | 25 de agosto de 2006

¿Es un pájaro?, ¿es un avión? No ¡es Superman! Un personaje de ficción dotado de unos poderes sobrehumanos que superan, con mucho, a los de los míticos héroes clásicos.
El primer superhéroe moderno de una larga serie made in EEUU que, como todos los seres mitológicos, tiene una parte humana, vulnerable, mortal y otra parte divina, invulnerable, eterna.
Y claro no carece, no podía ser de otra forma, de su particular y kryptoniano talón de Aquiles. Superman tiene algunas de las sorprendentes peculiaridades que suelen compartir estos héroes estadounidenses, a saber.
Un origen anómalo, en este caso extraterrestre. Su naturaleza no es humana, si bien su aspecto es humanoide. Lo que no deja de ser extraño, sobre todo, por improbable.
Dada la inmensa variedad de formas que adopta la vida animal en la Tierra, es muy sospechoso que, en un remoto planeta, la especie inteligente sea también humanoide. Raro.
Pero es que no queda ahí la cosa. Sus rasgos anatómicos están muy próximos a la perfección grecolatina, y esto, es más que muy sospechoso. Muy raro. En fin.
Ni que decirles que Superman tiene un alter ego. Su doble personalidad como Clark Kent, que le posibilita el anonimato. El desdoble lo consigue utilizando un espectacular ropaje con el que, no sólo oculta su identidad sino que, se identifica como superhéroe.

Pero hay que aclarar que esta característica es exclusiva de Superman. Y lo hace único. Él no es como Peter Parker, una persona que se disfraza del personaje Spiderman, con la cara cubierta para no ser reconocido.

En su caso, la persona Superman es la que se disfraza del personaje de Clark Kent, para que no lo identifiquen.

La verdadera ropa de Superman está confeccionada con la telas que lo envolvieron, de pequeño, en la nave que lo trajo a la Tierra. El disfraz lo forman el traje de chaqueta, el sombrero, las gafas, etc, con las que pretende pasar como uno más de nosotros.

Aquí hay que reconocer que la situación no está muy bien resuelta. No parece que las gafas y el aire tímido que se gasta Clark, sean suficientes para ocultar la personalidad de Superman. Pero bueno.

Por último, como buen superhéroe que se precie, Superman tiene una crística misión en la Tierra. Está en continua vigilancia por la paz y el orden.

Sólo que, tan meritoria labor, por desgracia, tiene una repercusión muy local y escasa en la Humanidad; está por ver que haya evitado la propagación mundial de una terrible enfermedad, acabado con una guerra o eliminado el hambre en alguna parte.

Tareas supermánicas que serían muy de agradecer para los simple humanos. (Continuará)

Escrito por Carlos Roque Sánchez(croque@supercable.es)

 

Superhéroes y Ciencia: Viaje a la Luna

por | 18 de agosto de 2006


Con esta noticia damos entrada a una nueva sección de noticias sobre Ciencia y Cine de la mano de croque, espero que os guste y que podamos seguir contando con la colaboración de su autor, os dejo con la noticia.

Se trata de la primera película de ciencia-ficción conocida en la historia del cine y en su versión original, apenas, dura trece minutos. Tiene ya más de un siglo y su frescura, ingenio, brillantez e, incluso, humor se mantienen intactos. Todo un clásico.

Realizada en una época en la que las películas sólo trataban momentos cotidianos de la vida, y no duraban más de dos minutos, con ella George Méliès aborda un género, por entonces, muy popular en la literatura, pero inédito en el cine, la ciencia-ficción. De hecho, la película está basada en las novelas de dos famosos escritores coetáneos: De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna, de Julio Verne, y Los primeros hombres en la Luna, de H. G. Wells. Méliès está reconocido como el creador de ese género cinematográfico. Verne, Wells y Méliès, un trío de ases visionarios.

Silencio se rueda

En esta película Méliès, que fue el primero en introducir efectos especiales en el cine, emplea todo el repertorio de técnicas inventadas, diseñadas y perfeccionadas por él: las apariciones, desapariciones y mutaciones de un objeto o persona, la superposición de dos imágenes distintas, los ralentíes, la disolución de una imagen en otra para simular el paso del tiempo, la metamorfosis en fondo negro, los desnudos, etc.

El cine no existiría tal como hoy lo conocemos, si no fuera por Méliès. Le debe todo: su lenguaje, su técnica, su constante narrativa, todo. Fue la imaginación de este hombre la que salvó al cine de acabar como un invento más, entre tantos de aquella época. Hizo realidad los sueños de las personas, al mostrárselos en imágenes sobre una pantalla. Con él y su avanzada forma de hacer cine, por fin, la fantasía podía volar a través de la técnica. No en vano, Charles Chaplin lo llamó “el alquimista de la luz”.

El rodaje de la famosa escena de la nave, en forma de bala, incrustada en el ojo derecho de la Luna tiene su historia. El efecto se consiguió filmando primero la cara disgustada de una cantante, Bleinette Bernon, pintada de blanco y cubierta en parte por una luna de yeso; después, sobre el mismo trozo de cinta se filmó el impacto del proyectil contra una luna de yeso, sobre fondo negro. El resultado físico fue que, en la cinta, ambas imágenes se fundieron en una sola, la que vemos en la escena. Una escena que está considerada como el primer gran icono cinematográfico.

Lo que no todos saben es que Méliès filmó otra versión de la escena para la película. En ella, el proyectil, en lugar de estrellarse con un ojo, caía directamente en la boca de la Luna. No se sabe porqué la desechó.

La otra cara de la Luna

Méliès escribió, dirigió, filmó, produjo, coloreó y protagonizó (hace de profesor Barbenfouillis) el filme, para el que no escatimó en medios: construyó lujosos decorados con cartón y terracota; adquirió complejas maquinarias para los efectos especiales; diseñó y realizó un costoso vestuario para los selenitas, cuyas cabezas y pies fueron moldeadas en arcilla y papel maché; contrató a acróbatas, niñas y cantantes del music hall; etc. Una locura de gastos que dispararía el coste de la película a 10 000 francos, una suma grande para la época, cinematográficamente hablando.

Pero también en esto, Méliès, se nos muestra como un adelantado de su época. Y lo hace en dos terrenos. Empresarial. Los beneficios de exhibición superaron con creces a los costes de producción, comenzaba la industria del cine. Artística. Los actores de teatro, que eran renuentes a actuar en el cine por considerarlo un arte menor, vieron que en las películas se ganaba dinero, mucho dinero. Vamos, más del doble y por mucho menos de la mitad de trabajo. Comenzaba un nuevo arte interpretativo. Si lo sabrán los actores de hoy en día.

La película se estrenó el 1 de septiembre de 1902, en el Méliès Théâtre Robert Houdin de París, con una extraordinario acogida entre el público francés. Un éxito que pronto pasó al resto de Europa, llegando a los EEUU en octubre. Era la primera película que obtenía una distribución internacional tan amplia y rápida; también lo fue en tener problemas de plagios y copias ilegales. Ya entonces existían los piratas. El mismo Thomas A. Edison se hizo con una copia pirata, con no recuerdo que excusa. Se lo dije, fue el primero en todo, por eso, el cine le debe todo.

Vamos al cine

En la película, el Profesor Barbeniouillis explica al Congreso Científico del Club Astronómico un plan para explorar la Luna. Un grupo de astrónomos llegarán a ella, en una gran bala espacial que es impulsada por un gigantesco cañón. El proyecto es aprobado y la nave volará a través del espacio, aterrizando justo en el ojo del Hombre en la Luna. Los exploradores salen y observan la apariencia de la Tierra desde la Luna. Comienza una tormenta de nieve, y descienden por… Lo siento, hasta aquí les puedo contar. Ya saben que, bajo ningún concepto, se debe contar una película.

Les dejo con el corto. Disfrútenlo y admírense, sólo lo separan 103 años de La guerra de los mundos de S. Spielberg, basada en una novela homónima de H. G. Wells. Tempus fugit.

Escrito por Carlos Roque Sánchez(croque@supercable.es)