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Superhéroes y Ciencia: El superhéroe más desgraciado [3]

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Al principio, el joven Peter considera que sus superpoderes son un pasaporte para la fama y el dinero. Decide utilizarlos en su propio beneficio y se introduce en el mundo de la lucha libre como Spiderman. Un día, tras un combate en el que vence con facilidad, es testigo de un robo pero niega su ayuda al guardia de seguridad, que corre solo tras el ladrón en fuga.
Un comportamiento imposible en Peter, pero posible en Spiderman. El superhéroe se considera una estrella del espectáculo, muy por encima de esas desgracias humanas. Un grave error. Al volver a su casa se entera que un ladrón había entrado en ella, que tío Ben se le había enfrentado y que el ladrón lo había matado. Lleno de ira busca al homicida y, gracias a sus superpoderes, lo encuentra. Descubre que es el mismo que dejó marchar. La tragedia está servida. Es entonces cuando comprende las palabras que su tío le repetía.

“Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”
Con ellas intentaba inculcarle el sentido del deber y Peter, mejor dicho Spiderman, lo convierte en su lema. Nace el superhéroe con las extraordinarias habilidades heredadas del artrópodo radiactivo: agilidad inaudita, sentido del equilibrio excepcional, capacidad de trepar por muros completamente verticales, aumento “proporcional” de la fuerza, posibilidad de realizar las más increíbles acrobacias con total facilidad, “sexto sentido” que le avisa de los peligros a modo de sentido arácnido, etc. Unos poderes potenciados con una serie de artilugios de su invención, tales como un fluido que se convierte en largos hilos e incluso en una tela de araña. Todo para defender su nuevo sistema de valores, al servicio de la lucha contra el crimen.

Una desinteresada y loable labor que, paradójicamente, sólo le genera sinsabores. No deja de recibir críticas negativas, está siempre bajo sospecha pública continua, sus intervenciones suelen ser sometidas a un receloso escrutinio. Un cúmulo de contrariedades, impropias en un superhéroe, que le hacen lamentarse de su suerte, al menos, tres veces por capítulo. Es cuando comprendemos que Spiderman, es simplemente un ser humano que intenta ser un héroe. Esa es su miseria y su grandeza. Es un héroe de andar por casa. El nuevo superhéroe.

No hay superhéroe sin traje
Para proteger su alter ego, Spiderman utiliza un vistoso traje de llamativo diseño que, al igual que ocurre con otros superhéroes, le permite mantener el anonimato y su doble identidad. Mientras Peter Parker trabaja como fotógrafo para el Daily Bugle, Spiderman persigue a delincuentes y supervillanos como el Doctor Octopus, el Duende Verde y Electro.

Aunque los detalles y proporciones han cambiado a lo largo de los años, en lo esencial, el traje de Spiderman se ha mantenido. Está fabricado en color azul y le cubre todo el cuerpo. Encima lleva una especie de botas rojas con unas marcas de telaraña. En un tejido igualmente rojo y con el mismo patrón de telaraña, cubre abdomen, pecho, hombros y cabeza, así como las manos y brazos. El resto, es decir, espalda, costados y por la parte inferior de los brazos es de color azul. En la espalda muestra una gran araña roja y un pequeño emblema de araña negro en el pecho. La máscara tiene dos grandes ojos blancos con el borde en negro, que le permiten ver pero que oculta sus ojos. Un bonito disfraz.

“¡Yo soy un policía, no un insecticida!”
En realidad, la primera película de Spiderman cumple ahora treinta años. Fue en 1977, un año antes del estreno de la gran superproducción Superman, cuando se rodó un episodio piloto para televisión, junto a dos episodios más. No resultó lo que se esperaba porque fueron reciclados como filmes de serie B y distribuidos directamente para el cine. El personaje lo encarnaba Nicholas Hammond, uno de los niños de Sonrisas y lágrimas, y pasó por las pantallas con más pena que gloria. Efectos especiales pobres y poco imaginativos, guiones flojos y actores mediocres fueron, a qué dudarlo, la causa de semejante desinterés por parte del público. Nada que ver con la zaga que se inició en 2002. Una frase pronunciada por el jefe de policía en la película, nos da una idea de la sociología que acompañaba al nuevo héroe y cómo debió afectar a su psicología de joven héroe. La frase quedó para el anecdotario oficial: “¡Yo soy un policía, no un insecticida!”. Sin comentarios. (Continuará)

Escrito por Carlos Roque Sánchez croque@supercable.es

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