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Superhéroes y Ciencia: Sherlock Holmes (XII)

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(Continuación) Para empezar, desde que en 1825 el astrónomo francés Pierre Simon de Laplace terminó su libro ‘Mecánica Celeste’, la verdad es que había ya poco que decir sobre el movimiento de los asteroides.

La mecánica newtoniana había dado ya buena cuenta de los cielos.

Y para acabar porque, ¿qué sentido tiene estudiar la dinámica de “un” asteroide, cuando ya se conocían cientos de ellos y, en lo básico, son todos semejantes?

No. Lo suyo hubiera sido llegar a conclusiones generales. A respuestas aplicables a todos los cuerpos celestes. Los fenómenos gravitatorios son, hasta donde sabemos, universales.

Lo dicho. No tiene sentido el comentario de Holmes en la novela. Y sí una razón.

Conan Doyle era un ignorante en Astronomía.

Si no lo hubiera sido, podría haber asociado a la brillante mente del profesor Moriarty, por ejemplo, algunos de los postulados de las Teorías de la Relatividad que Albert Einstein publicó sólo unos años después, ya en los albores del siglo XX.

O podría haber resuelto dentro, claro, del campo de la ficción novelera, el famoso “Problema de los tres cuerpos”, asociado al fenómeno de la gravitación universal.

Un problema por cierto que hoy día aún sigue sin tener solución. Eso hubiera sido ficción científica de la buena.

Pero, evidentemente, para hacer buena ciencia-ficción hay que tener buenos conocimientos científicos. Algo de lo que carecía, a las pruebas me remito, el doctor Conan Doyle.

Por eso Holmes, como superhéroe, tiene puntos débiles desde el punto de vista de la ciencia.

Conan Doyle y las Matemáticas
En ‘El problema final’, Holmes dice también del malvado y genial Moriarty: “A la edad de veintiún años escribió un tratado sobre el Teorema del Binomio, que ha tenido fama mundial”.

De ser cierto hubiera sido extraordinario, ya que por esa época (alrededor de 1865) Moriarty debía tener tan solo 21 años. Lo que no hubiera estado nada mal. Semejante logro matemático con tan poca edad.

Lo malo es que este problema ya estaba resuelto desde hacía, nada menos, que cuarenta años. Lo hizo el matemático noruego Niels Henrik Abel en 1825, elaborando un último desarrollo asociado al teorema, que lo dejó resuelto hasta el día de hoy.

Desde entonces no ha habido que hacerle ninguna aportación.

De modo que más de lo mismo. El doctor en medicina Conan Doyle era también un ignorante en Matemáticas.

Lo que tampoco es especialmente llamativo, salvo que se pretenda hacer pasar por un brillante matemático, a un personaje nacido de su ignara imaginación matemática.

Es sabido. Aunque sólo veamos la imagen, no podemos por ello descuidar al objeto. De alguna forma son causa y efecto. Y así sea el segundo, así será la primera.

Conan Doyle y la Botánica
Relacionada con esta disciplina les traigo dos casos, digamos de yerbas fumaderas. Veamos el primero. Lo llamaremos “el asunto de la ceniza”.

En ‘Estudio en escarlata’, el propio Holmes, explica que “sus ojos pueden distinguir de una ojeada la ceniza de cualquier marca conocida de cigarro o de tabaco de pipa”.

Vaya por delante que no soy fumador y no entiendo nada, nada, del asunto del “fumaque”.

Pero, estarán conmigo que, se hace muy difícil de entender que una persona pueda, por las meras propiedades físicas detectables a simple vista,  diferenciar una marca de tabaco de otra. (Continuará).

Carlos Roque Sánchez

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